sábado, 1 de noviembre de 2008

BoletînNo. 23: Resumen del Blog "Universidad Tercermundista" (II)

Sabemos que Venezuela es, a pesar de su descomunal riqueza natural (petróleo), un país tercermundista y lo es debido a la 'infuncionalidad' de los organismos fundamentales del estado, de su sistema jurídico, económico y administrativo y de las graves deficiencias del sistema educativo (especialmente la llamada educación superior). No existe otra explicación posible: esta masiva infuncionalidad es la causa única de la pobreza económica y cultural, del sufrimiento e insatisfacción general y de la situación de enajenación y agitación social crónica que caracteriza al país actual. En realidad toda Latinoamérica sufre el pesado yugo del tercermundismo bajo la corrupta e incompetente tutela de sus caudillos.

Porque mediante el mecanismo del darwinismo social, alimañas de toda catadura, calibre, nivel de inescrupulosidad, inmoralidad e incapacidad administrativa (los caudillos) surgen abrumadoramente para tomar los puestos claves de una nación. De esta manera, el empuje hacia niveles cada vez más bajos dentro del abismo tercermundista es inevitable.

Más grave aún: En ningún momento de nuestra historia hemos experimentado una época o período político, por breve que este haya sido, del cual pudiéramos decir, recordar, o haber conocido de su existencia mediante la lectura de viejos documentos, que el país haya sido próspero o pasablemente próspero o que la ciudadanía se haya sentido satisfecha, aun cuando solo fuese medianamente. Pasado, presente y, muy probablemente también, futuro.

Esta condición tercermundista tiene antecedentes históricos: Por razones de simplificación diré que se inicia en la época de la colonia, se consolida durante las guerras de la independencia y surge incontenible tras la derrota de España. Está estrechamente ligada a los tres siglos de coloniaje español, caracterizados por el trato brutal y la despiadada explotación e inhumanidad para con los nativos del continente, situación que habría de marcar uno de los episodios más crueles y vergonzosos en la historia de la humanidad:

En menos de 90 años (desde 1519 a 1605) la población indígena del virreinato de Nueva España, pasó de 25 millones de individuos a tan solo un millón. Veinticuatro millones de seres humanos fueron borrados de la faz de la tierra, víctimas de epidemias traídas de Europa pero también consecuencia del régimen de violencia, exceso de trabajo y deficiente alimentación. El resultado tenía que ser desnutrición y muerte y, con el tiempo, hasta pérdida del deseo de vivir en los pocos que iban quedando (Enciclopaedia Britannica, 15th Edition 1990, Macropedia, Vol. 22, p. 822).

Esto ocurrió así porque los virreinatos estaban diseñados con el casi exclusivo propósito de explotar al máximo y a como diera lugar, los recursos físicos y humanos de sus territorios. De esta manera, con aprobación de la corona (porque los beneficios extraídos iban a las arcas de la corte real española) aparecen las infames encomiendas y los obrajes, encubiertos sistemas para esclavizar, torturar y hasta asesinar impunemente a los nativos (indios, negros, mestizos).

Bajo este sistema ni pensar en que los amos del imperio español iban a estar interesados en educar a los esclavos. Por lo tanto, a la caída de los virreinatos y salida de los españoles, los pocos líderes del momento se encontraron con que el pueblo distaba mucho de estar preparado para asumir responsabilidades de gobierno. En América del Sur Simón Bolívar y José de San Martín, separadamente, vieron y comprendieron el inminente peligro, e hicieron todo lo posible por evitarlo. El plan de estos héroes era lo único que talvez hubiera podido cambiar nuestro terrible destino. Pero en medio del estruendo de la orgía caudillista que siguió, sus voces quedaron apagadas para siempre (Boletines No. 13 al 17).

El Darwinismo social y su más depurado elemento, el caudillo, asume ahora el protagonismo de lo que será la deprimente historia latinoamericana: semejante a una gigantesca marabunta humana los caudillos y sus huestes avanzaron incontenibles por todo el territorio, devorando, dividiendo y destruyendo cuanto encontraban a su paso, desde el extremo sur del continente hasta el extenso territorio de lo que en el norte era el Virreinato de Nueva España. En México, la más desarrollada región de dicho virreinato, los mexicanos no la vieron venir y la hecatombe nacional que siguió al grito del heroico cura Hidalgo, primer mártir de la independencia, fue inaudita, difícil de creer (vale la pena leer los boletines 18 al 20).

Claramente nuestros países no tenían los elementos humanos capacitados y de alto nivel que la administración de los mismos requería, ni siquiera lo mínimo como para mantener funcionando los viejos estamentos de la colonia. Pero lo que ocurrió en México por efecto del caudillaje, casi no puede creerse. De todas maneras hay que tener presente que la era de los caudillos aun no termina.

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