Es lógico entonces que en ausencia de una historia nacional relevante, se haga inevitable que la población, o por lo menos un sector de esta, empiece, de manera gradual, a hilvanar su propia historia tomando como punto de partida las tradiciones y leyendas locales. Como estas ya surgen íntimamente ligadas a la región o comarca base del sustento y sitio de residencia de esa comunidad o pueblo (el terruño), es también inevitable que esto ha de sembrar en un sector de esa comunidad, una semilla especial que al ser cuidada con esmero, con el tiempo germinará para producir una sensación de orgullo local por lo propio, un respeto profundo por las pequeñas raíces que dieron lugar a lo que somos, visión de futuro y determinación de defender lo nuestro, cual es la patria chica.
A mi manera de ver, esto mismo era lo que ocurría en el Huehuetenango de mis abuelos y de Horacio mi padre. Porque Guatemala, como el resto de Latinoamérica, es un país sin heroísmos, con un pasado que más bien fuera preferible olvidar, empezando porque ha tenido dos independencias (de España en 1821 y de México en 1823, habiendo en este último conflicto perdido ilegalmente el enorme estado de Chiapas, una pérdida territorial significativa en relación a lo que conformaba la Capitanía General de Guatemala hasta 1824), sin poder dejar de recordar que fue bajo el control dictatorial del analfabeta Rafael Carrera (que gobernó por 30 años hasta su muerte en 1865) que se promovió la disolución de la Federación de las Provincias Unidas de Centroamérica con el subsecuente parto pre término de cinco endebles y enguerrillados mini-países todos de vocación profundamente tercermundista y en constante terapia intensiva económica; siendo que además esta es una historia repleta de golpes de estado, crueles gobiernos dictatoriales y una guerra civil de 30 años que dejó 200,000 muertos, indígenas en su gran mayoría, la cual quizás no haya terminado todavía. ¿Quién puede estar orgulloso de esto?
(Cierto que Latinoamérica ha tenido dos o tres momentos históricos que fulguraron como supernovas e iluminaron brevemente su negro firmamento: Simón Bolívar, José de San Martín y el cura Hidalgo. Pero nadie quiso verlos y se extinguieron sin dejar rastro como no sea una multitud de estatuas ecuestres y una cantidad de primitivos murales de brocha gorda).
No debe concluirse, en vista de las entradas anteriores de este blog, que las susodichas tradiciones y leyendas de fantasmas y similares, incluyendo la participación en estas de varios conocidos personajes de la comarca, sean los únicos hechos memorables a registrar. Empezando porque La Llorona, El Cadejo, La Siguanaba, El Sombrerón y otros son personajes comunes del folclor de otros países latinoamericanos y esto muy a pesar de que “tales larvas −como dice Horacio− han tomado en el Departamento carta de ciudadanía, al extremo de reconocérseles como auténticos huehuetecos”.
La realidad es que en Huehuetenango (para insistir en este sitio en particular) existe un cierto número de nobles e inspiradoras historias que han enaltecido y llenado de justo orgullo a muchos de sus pobladores. Una de estas se relaciona con la construcción de su catedral, la cual dentro de 15 años (en el año 2024) cumplirá siglo y medio de terminada.
Años atrás e inspirado por la proximidad de una fecha aniversaria de la construcción de su catedral, la cual en 1974 habría de cumplir cien años de haber sido consagrada como tal, Horacio escribió uno de sus mejores libros. En él y tras minuciosas investigaciones de antiguos y maltratados folios locales, dejó plasmada la dramática historia de su construcción (Horacio Galindo Castillo. La Catedral, 8 de Diciembre de 1984-1974, segunda edición, Editorial Josmat, Guatemala).
Esta es la fuente de información usada en la descripción que sigue, sin duda un apretado compendio de ese extraordinario evento y de otros eventos históricos relacionados con este respetable y sagrado monumento. Esto nos permitirá ver la mortífera colisión entre la historia noble y altruista, levantada por unos pocos y pacíficos héroes (el Padre Juan Bautista de Teherán, el Padre Manuel Vicente Castañeda y Muñoz y el pueblo de Huehuetenango) y la historia burda y egoísta creada a la medida de violentos e inescrupulosos caudillos (Justo Rufino Barrios, Serapio Cruz y sus mercenarios) surgidos de las entrañas mismas del Darwinismo social. El primero de estos, fatalmente destinado para causarle irreparables daños a la nación.
Este enfrentamiento entre las fuerzas del bien y el mal, donde el mal a la postre siempre prevalece, es el rutinario tema de fondo de la historia Latinoamericana.
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martes, 24 de marzo de 2009
martes, 17 de marzo de 2009
Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XVI)
Durante los años de su niñez Horacio vivió enteramente en Huehuetenango. Pero en ese tiempo la educación formal del pueblo terminaba con la primaria. Los que deseaban estudiar secundaria (mi papá era uno de esos) tenían que viajar y residenciarse durante el año escolar en Quetzaltenango, una ciudad de mayor envergadura que Huehuetenango.
Este era un viaje de dos días en mula que forzosamente se hacía por estrechas y boscosas veredas atravesando parte de las famosas cumbres de los Cuchumatanes y de la Sierra Madre.
El viaje se hacía a fines de enero, saliendo de madrugada en medio de los fríos más intensos imaginables. Esa noche se pernoctaba más arriba, en el frígido pueblito de San Bartolo. Al día siguiente, tras otra larga caminata siempre en ascenso, se alcanzaba la cumbre de Olintepeque y desde allí, repentinamente, en pleno corazón de la Sierra Madre, a 2,300m snm, se divisaba el asombroso panorama de la ciudad de Quetzaltenango, la cual desde ese punto, tiene por fondo el tríptico de sus grandes volcanes: El Cerro Quemado, el Santa María y el Siete Orejas.
(http://www.spanishcourses.info/cities/quetzaltenango-guatemala-54-ES.htm)
De esos viajes, hechos dos veces al año (noviembre, viaje al hogar cuando empezaban las vacaciones y enero del siguiente año, cuando había que regresar a Quetzaltenango) es que salieron las mejores y más emocionantes narrativas que yo le haya escuchado a Horacio.
Coyotes, búhos, indios, neblina, ventiscas, brujos mam, lúgubres sonidos de espectrales marimbas nocturnas, ignotos senderos cuidadosamente tapizados de antiguas piedras serpenteando en medio de densos bosques de pinos y cipreses, cuevas y lagunas misteriosas, todos formando diferentes combinaciones de dinámicos personajes girando imaginativamente alrededor de una pequeña comitiva de cansados y preocupados viajeros tratando de negociar el grande y sagrado escenario de los Cuchumatanes, esas mágicas serranías que todo huehueteco lleva por siempre resguardadas en su corazón. Desafortunadamente Horacio nunca publicó esas historias, ni tan siquiera escribió nada sobre ellas. Lo cual no deja de ser muy curioso para mí.
A falta de una verdadera y enaltecedora historia nacional, una pléyade de distinguidos huehuetecos (médicos, abogados, políticos, artistas, periodistas) cuando niños absorbieron esas leyendas, narradas con autenticidad y convicción, a la orilla del fogón de las tortillas y pishtones, por sus padres, abuelos, o por ancianas indias, leyendas que parecian verdaderas y que se hicieron “historia” porque muchas veces en los referidos sucesos se involucraban famosos personajes de carne y hueso de la localidad, que aparecían como involuntarias y aterrorizadas víctimas de las jugarretas de los antisociales de ultratumba.
Lo siguiente le sucedió a mi tío abuelo, el Coronel Juan Castillo, de acuerdo a como lo narra Horacio en el ya mencionado libro ("El Piecito de la Virgen, Leyendas..):
“A mi tío el Coronel, fue otro fantasma el que se le apareció, mientras se hallaba precisamente en el ejercicio de las armas. Era por entonces Mayor de Plaza de la cabecera, y fiel cumplidor de sus obligaciones, había dado en la costumbre de capitanear la ronda que noche a noche y con los fusiles a la bartola, recorría las calles apacibles de la población.
“En el curso de una de tantas vigilancias, acertó a pasar por la calle real del cementerio, entrando así automáticamente aunque sin darse cuenta, en los dominios de otro de los Señores de la noche y el misterio.
“Allí estaba por cierto tamaña autoridad, sentada tranquilamente en el borde de la banqueta.
“Vaya usted sargento −ordenó mi tío− a averiguar que hace allí ese perro tan grande y tan negro, sentado en la acera con aire de vecino que tomase el freso.
“Pero ya el corpulento animal se acercaba a ellos moviendo la cola en señal amistosa, aunque para mantener el incógnito, lo hiciera con los ojos cerrados como puños. Confiadamente se dejó examinar por todos los individuos de la tropa.
“Es un perre de San Bernarde comuel de Doi Arísteres Sosa −opinó el cabo− Yo mas bien creye que es un ternere −replicó el sargento− un ternere grandoto u selle un torite algue pequeñe.
“¡A ver! −terció mi tío el Coronel− parece robusto; manso por añadidura, ¡veamos si puede conmigo!” Y montó con espada y todo, sobre los lomos de la presunta bestia.
“Al punto, esta echó a correr llevándolo encima, con igual soltura que si se tratase de una pluma.
“Y como tomó la calle de El Boquerón que siempre está mal alumbrada, tuvo que encender sus silbines delanteros (vulgo sealbeams) a fin de alumbrarse el camino.
“Mi tío a pesar de ser un militar valeroso, vio con espanto que la luz de aquellos fanales era roja. ¡Entonces −pensó− no era un perro sino me está llevando el Cadejo! El proceloso canídeo (o lo que haya sido), debió leer en su pensamiento, porque al punto se apresuró a decir: ¡Afirmativo mi Coronel! ¡Afirmativo!
“Y sin aminorar la marcha se puso al trote largo, con lo que mi tío creyó llegada su última hora. Ningún auxilio podía esperar de sus atónitos acompañantes, temerosos de disparar los retacos no fuesen a hacer blanco en el jinete, en vez de hacerlo en su montura. Más el Cadejo, se apresuró en este punto a tranquilizarlo: `Recién se me informa, mi Coronel, que usted no es católico sino evangelista, y contra ustedes no tenemos pleito alguno. Con que sírvase perdonar el susto, y que tenga usted muy buenas, tranquilas y felices noches`.
“Y sin más preámbulo se lo sacudió de encima dejándolo tirado semiinconsciente a la orilla del camino.
“Siendo un muchacho naturalmente curioso pero también imprudente, una noche en que caminábamos por una poco iluminada calle le pregunté al marcial hermano de mi madre: `¿Es cierto, tío Juan, que a usted lo espantó el cadejo?`
“¡Tonterías! −me respondió− ¡y dile a la señora que te contó esa patraña (mi madre por supuesto) que si sigue regando esas mentiras se las verá conmigo!
“Mas el hecho es que cuando esto decía, su voz se volvió casi un susurro y su tez normalmente obscura se había tornado blanca como la luna. Al mismo tiempo un evidente temblor espelucó su canoso y bien recortado bigote.”
Ir a: (http://www.escalofrio.com/n/Hombres_Lobo/El_Cadejo/El_Cadejo.php)
Para una “terrorífica” versión del cadejo (como jabalí), ir a (http://www.youtube.com/watch?v=Vl0mXPXOieA)
Este era un viaje de dos días en mula que forzosamente se hacía por estrechas y boscosas veredas atravesando parte de las famosas cumbres de los Cuchumatanes y de la Sierra Madre.
El viaje se hacía a fines de enero, saliendo de madrugada en medio de los fríos más intensos imaginables. Esa noche se pernoctaba más arriba, en el frígido pueblito de San Bartolo. Al día siguiente, tras otra larga caminata siempre en ascenso, se alcanzaba la cumbre de Olintepeque y desde allí, repentinamente, en pleno corazón de la Sierra Madre, a 2,300m snm, se divisaba el asombroso panorama de la ciudad de Quetzaltenango, la cual desde ese punto, tiene por fondo el tríptico de sus grandes volcanes: El Cerro Quemado, el Santa María y el Siete Orejas.
(http://www.spanishcourses.info/cities/quetzaltenango-guatemala-54-ES.htm)
De esos viajes, hechos dos veces al año (noviembre, viaje al hogar cuando empezaban las vacaciones y enero del siguiente año, cuando había que regresar a Quetzaltenango) es que salieron las mejores y más emocionantes narrativas que yo le haya escuchado a Horacio.
Coyotes, búhos, indios, neblina, ventiscas, brujos mam, lúgubres sonidos de espectrales marimbas nocturnas, ignotos senderos cuidadosamente tapizados de antiguas piedras serpenteando en medio de densos bosques de pinos y cipreses, cuevas y lagunas misteriosas, todos formando diferentes combinaciones de dinámicos personajes girando imaginativamente alrededor de una pequeña comitiva de cansados y preocupados viajeros tratando de negociar el grande y sagrado escenario de los Cuchumatanes, esas mágicas serranías que todo huehueteco lleva por siempre resguardadas en su corazón. Desafortunadamente Horacio nunca publicó esas historias, ni tan siquiera escribió nada sobre ellas. Lo cual no deja de ser muy curioso para mí.
A falta de una verdadera y enaltecedora historia nacional, una pléyade de distinguidos huehuetecos (médicos, abogados, políticos, artistas, periodistas) cuando niños absorbieron esas leyendas, narradas con autenticidad y convicción, a la orilla del fogón de las tortillas y pishtones, por sus padres, abuelos, o por ancianas indias, leyendas que parecian verdaderas y que se hicieron “historia” porque muchas veces en los referidos sucesos se involucraban famosos personajes de carne y hueso de la localidad, que aparecían como involuntarias y aterrorizadas víctimas de las jugarretas de los antisociales de ultratumba.
Lo siguiente le sucedió a mi tío abuelo, el Coronel Juan Castillo, de acuerdo a como lo narra Horacio en el ya mencionado libro ("El Piecito de la Virgen, Leyendas..):
“A mi tío el Coronel, fue otro fantasma el que se le apareció, mientras se hallaba precisamente en el ejercicio de las armas. Era por entonces Mayor de Plaza de la cabecera, y fiel cumplidor de sus obligaciones, había dado en la costumbre de capitanear la ronda que noche a noche y con los fusiles a la bartola, recorría las calles apacibles de la población.
“En el curso de una de tantas vigilancias, acertó a pasar por la calle real del cementerio, entrando así automáticamente aunque sin darse cuenta, en los dominios de otro de los Señores de la noche y el misterio.
“Allí estaba por cierto tamaña autoridad, sentada tranquilamente en el borde de la banqueta.
“Vaya usted sargento −ordenó mi tío− a averiguar que hace allí ese perro tan grande y tan negro, sentado en la acera con aire de vecino que tomase el freso.
“Pero ya el corpulento animal se acercaba a ellos moviendo la cola en señal amistosa, aunque para mantener el incógnito, lo hiciera con los ojos cerrados como puños. Confiadamente se dejó examinar por todos los individuos de la tropa.
“Es un perre de San Bernarde comuel de Doi Arísteres Sosa −opinó el cabo− Yo mas bien creye que es un ternere −replicó el sargento− un ternere grandoto u selle un torite algue pequeñe.
“¡A ver! −terció mi tío el Coronel− parece robusto; manso por añadidura, ¡veamos si puede conmigo!” Y montó con espada y todo, sobre los lomos de la presunta bestia.
“Al punto, esta echó a correr llevándolo encima, con igual soltura que si se tratase de una pluma.
“Y como tomó la calle de El Boquerón que siempre está mal alumbrada, tuvo que encender sus silbines delanteros (vulgo sealbeams) a fin de alumbrarse el camino.
“Mi tío a pesar de ser un militar valeroso, vio con espanto que la luz de aquellos fanales era roja. ¡Entonces −pensó− no era un perro sino me está llevando el Cadejo! El proceloso canídeo (o lo que haya sido), debió leer en su pensamiento, porque al punto se apresuró a decir: ¡Afirmativo mi Coronel! ¡Afirmativo!
“Y sin aminorar la marcha se puso al trote largo, con lo que mi tío creyó llegada su última hora. Ningún auxilio podía esperar de sus atónitos acompañantes, temerosos de disparar los retacos no fuesen a hacer blanco en el jinete, en vez de hacerlo en su montura. Más el Cadejo, se apresuró en este punto a tranquilizarlo: `Recién se me informa, mi Coronel, que usted no es católico sino evangelista, y contra ustedes no tenemos pleito alguno. Con que sírvase perdonar el susto, y que tenga usted muy buenas, tranquilas y felices noches`.
“Y sin más preámbulo se lo sacudió de encima dejándolo tirado semiinconsciente a la orilla del camino.
“Siendo un muchacho naturalmente curioso pero también imprudente, una noche en que caminábamos por una poco iluminada calle le pregunté al marcial hermano de mi madre: `¿Es cierto, tío Juan, que a usted lo espantó el cadejo?`
“¡Tonterías! −me respondió− ¡y dile a la señora que te contó esa patraña (mi madre por supuesto) que si sigue regando esas mentiras se las verá conmigo!
“Mas el hecho es que cuando esto decía, su voz se volvió casi un susurro y su tez normalmente obscura se había tornado blanca como la luna. Al mismo tiempo un evidente temblor espelucó su canoso y bien recortado bigote.”
Ir a: (http://www.escalofrio.com/n/Hombres_Lobo/El_Cadejo/El_Cadejo.php)
Para una “terrorífica” versión del cadejo (como jabalí), ir a (http://www.youtube.com/watch?v=Vl0mXPXOieA)
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