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martes, 24 de marzo de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XVII)

Es lógico entonces que en ausencia de una historia nacional relevante, se haga inevitable que la población, o por lo menos un sector de esta, empiece, de manera gradual, a hilvanar su propia historia tomando como punto de partida las tradiciones y leyendas locales. Como estas ya surgen íntimamente ligadas a la región o comarca base del sustento y sitio de residencia de esa comunidad o pueblo (el terruño), es también inevitable que esto ha de sembrar en un sector de esa comunidad, una semilla especial que al ser cuidada con esmero, con el tiempo germinará para producir una sensación de orgullo local por lo propio, un respeto profundo por las pequeñas raíces que dieron lugar a lo que somos, visión de futuro y determinación de defender lo nuestro, cual es la patria chica.

A mi manera de ver, esto mismo era lo que ocurría en el Huehuetenango de mis abuelos y de Horacio mi padre. Porque Guatemala, como el resto de Latinoamérica, es un país sin heroísmos, con un pasado que más bien fuera preferible olvidar, empezando porque ha tenido dos independencias (de España en 1821 y de México en 1823, habiendo en este último conflicto perdido ilegalmente el enorme estado de Chiapas, una pérdida territorial significativa en relación a lo que conformaba la Capitanía General de Guatemala hasta 1824), sin poder dejar de recordar que fue bajo el control dictatorial del analfabeta Rafael Carrera (que gobernó por 30 años hasta su muerte en 1865) que se promovió la disolución de la Federación de las Provincias Unidas de Centroamérica con el subsecuente parto pre término de cinco endebles y enguerrillados mini-países todos de vocación profundamente tercermundista y en constante terapia intensiva económica; siendo que además esta es una historia repleta de golpes de estado, crueles gobiernos dictatoriales y una guerra civil de 30 años que dejó 200,000 muertos, indígenas en su gran mayoría, la cual quizás no haya terminado todavía. ¿Quién puede estar orgulloso de esto?

(Cierto que Latinoamérica ha tenido dos o tres momentos históricos que fulguraron como supernovas e iluminaron brevemente su negro firmamento: Simón Bolívar, José de San Martín y el cura Hidalgo. Pero nadie quiso verlos y se extinguieron sin dejar rastro como no sea una multitud de estatuas ecuestres y una cantidad de primitivos murales de brocha gorda).

No debe concluirse, en vista de las entradas anteriores de este blog, que las susodichas tradiciones y leyendas de fantasmas y similares, incluyendo la participación en estas de varios conocidos personajes de la comarca, sean los únicos hechos memorables a registrar. Empezando porque La Llorona, El Cadejo, La Siguanaba, El Sombrerón y otros son personajes comunes del folclor de otros países latinoamericanos y esto muy a pesar de que “tales larvas −como dice Horacio− han tomado en el Departamento carta de ciudadanía, al extremo de reconocérseles como auténticos huehuetecos”.

La realidad es que en Huehuetenango (para insistir en este sitio en particular) existe un cierto número de nobles e inspiradoras historias que han enaltecido y llenado de justo orgullo a muchos de sus pobladores. Una de estas se relaciona con la construcción de su catedral, la cual dentro de 15 años (en el año 2024) cumplirá siglo y medio de terminada.

Años atrás e inspirado por la proximidad de una fecha aniversaria de la construcción de su catedral, la cual en 1974 habría de cumplir cien años de haber sido consagrada como tal, Horacio escribió uno de sus mejores libros. En él y tras minuciosas investigaciones de antiguos y maltratados folios locales, dejó plasmada la dramática historia de su construcción (Horacio Galindo Castillo. La Catedral, 8 de Diciembre de 1984-1974, segunda edición, Editorial Josmat, Guatemala).

Esta es la fuente de información usada en la descripción que sigue, sin duda un apretado compendio de ese extraordinario evento y de otros eventos históricos relacionados con este respetable y sagrado monumento. Esto nos permitirá ver la mortífera colisión entre la historia noble y altruista, levantada por unos pocos y pacíficos héroes (el Padre Juan Bautista de Teherán, el Padre Manuel Vicente Castañeda y Muñoz y el pueblo de Huehuetenango) y la historia burda y egoísta creada a la medida de violentos e inescrupulosos caudillos (Justo Rufino Barrios, Serapio Cruz y sus mercenarios) surgidos de las entrañas mismas del Darwinismo social. El primero de estos, fatalmente destinado para causarle irreparables daños a la nación.

Este enfrentamiento entre las fuerzas del bien y el mal, donde el mal a la postre siempre prevalece, es el rutinario tema de fondo de la historia Latinoamericana.

martes, 17 de marzo de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XV)

Al igual que Don Adrián Recinos, yo siempre digo que nací en ese pueblito Quiché-Mam llamado Huehuetenango (que en alguno de esos dos dialectos Maya significa “Pueblo de Viejos”) a pesar de que mi partida de nacimiento (y la de Don Adrián) digan otra cosa. Durante el tiempo en que yo viví allí, el pueblo era muy frío y neblinoso (quizás todavía lo sea) especialmente durante los dos o tres últimos meses del año y primeros del siguiente y la razón de ello es que está ubicado a 2000 metros SNM, en una planicie de la montaña de los Cuchumatanes (parte de la cadena montañosa llamada la Sierra Madre). Esta sierra de los Cuchumatanes tiene un área de 16,350 Km2 y a una altitud máxima de 3,828 metros snm siendo la sierra montañosa no volcánica más alta de Centro América y probablemente de México también.

Ninguna de las fotos en existencia de los Cuchumatanes (que en dialecto Mam significa “Lo que fue hecho por una fuerza superior”) se acerca en lo impresionante a otras montañas de Sudamérica, Europa o Asia, algunas de las cuales son evidentemente muy fotogénicas.
Ver: http://www.summitpost.org/area/range/403757/guatemala.html

Hay dos explicaciones para este fenómeno: La primera es la enorme amplitud de la serranía, lo que le permite ascender con declives poco abruptos hasta los casi 4,000 metros y la segunda es que la gran mayoría de fotos se toman desde los pueblos asentados en planicies ubicadas a medio camino de la montaña. Las fotos tomadas desde Huehuetenango, a 2,000 metros de altura, solo muestran en la distancia, los últimos 1,000 a 1500 metros finales de la serranía.

Una multitud de mágicas leyendas relacionadas con Huehuetenango y los Cuchumatanes han sido recopiladas en algunos de los ocho libros folklóricos publicados por mi papá (en especial: Horacio Galindo Castillo. El Piecito de la Virgen. Impresos Industriales, Guatemala C.A. 1975 −aclarando, como lo hace el autor, que la palabra piecito es de usanza local y probablemente esté reñida con lo recomendado por la Real Academia−), quien a principios del siglo pasado vivió y estudió en esa localidad. La totalidad de esas leyendas ya yo las había escuchado de labios del propio Horacio (la forma habitual como me acostumbré a llamarlo) y siendo que él era un cuentista de extraordinario talento, con frecuencia esas historias eran narradas en medio de una agradable tertulia de amigos y vecinos que se deleitaban, no solo con las historias en si, sino sobre todo por el gran estilo del cuentista.

Es bueno aclarar que jamás vi. a Horacio tomar bebidas alcohólicas (bajo ninguna circunstancia) y que durante esas reuniones lo que se servía era café o chocolate. Los amigos asistían para disfrutar al cuentista y sus consumados manierismos narrativos. En particular, las imitaciones que hacía de la especial dicción del lenguaje español de los indígenas (una segunda lengua para ellos) eran magistrales. Todos reíamos a carcajadas de estas divertidas actuaciones y de las situaciones presentadas. Es por eso que aun cuando yo más o menos conocía todas las historias (siempre les agregaba giros nuevos especiales de acuerdo a su inagotable inspiración), nunca me perdía las mencionadas reuniones.

Sin embargo al leer algunos de sus libros, donde Horacio narra estas mismas historias y duplica lo mejor que puede el estilo de hablar de los indígenas, sentí una gran desilusión. Las historias ya no me parecían divertidas. Las tramas eran por supuesto, las mismas, incluyendo los dialectos autóctonos, pero en ausencia de la voz y el estilo del cuentista, perdían toda su gracia y luminosidad. Era como tratar de degustar un sancocho sin sal, sin sazón, sin condimento... indudablemente insípido por el nostálgico recuerdo del artista por siempre ausente.

Independientemente de lo anterior, prácticamente todas estas historias se desenvuelven en algún lugar (pueblo, camino, cerro, laguna, bosque o quebrada) de los Cuchumatanes, en ese maravilloso sitio donde soplan los vientos más fríos y silbantes, donde las noches son las más obscuras y neblinosas, donde por las frecuentes ventiscas los pinos y cipreses crujen quejumbrosos, donde bajo la luz de la luna las grandes rocas parecen adquirir vida tomando la forma de duendes o de princesas mam.

Es también en esas serranías donde al Cadejo al Duende y a la Llorona les gusta aparecerse para sorprender a las comitivas de cansados viajeros pero en especial, es este uno de los hábitats predilectos de veloces coyotes nocturnos, viajando, sea en solitario o en pequeños grupos de tres o cuatro, corriendo, ladrando (el coyote ladra) aullando o quietos y erguidos, la pelambre encrespada por el viento, observando bajo la luz de la luna desde lo alto de alguna enorme piedra.

El coyote, el chacal y el lobo se derivan de un ancestro común, el Eucyon, un cánido de las planicies de Norteamérica que emigró al viejo mundo 3 ó 4 millones de años atrás. Lobos y coyotes cruzando el Ártico, regresaron hace 800,000 años a Norteamérica (Karen E. Lange. Wolf to Woof, the Evolution of Dogs. National Geographic, January 2002).

El coyote (Canis latrans) es un superviviente nato y uno de los depredadores más eficientes del planeta. A pesar de ser el blanco de escopetas, trampas y sebos envenenados su población está en auge y su área de distribución aumenta (América del Norte y Central). Allí donde los lobos han sido aniquilados, el coyote se ha erigido como superdepredador, con una dieta de serpientes, insectos, pequeños mamíferos, aves de corral, perros, frutos, basura doméstica y carroña (Mike y Peggy Briggs. Vida Salvaje. La Fauna en su Hábitat natural. Oarragon Books Ltd, p. 167).

lunes, 2 de marzo de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XIII)

Desafortunadamente ni el gobierno ni la jerarquía católica han mostrado interés en continuar el trabajo que falta por hacer a partir del año 1935. Desde esa fecha para acá todavía hay millones de registros asentados en libros de papel (civiles y eclesiásticos) en continuo e irreversible proceso de deterioro. Esta “apatía histórica” es otro síntoma cardinal de tercermundismo.

Asombroso como pueda parecer, las hemerotecas de importantes periódicos como El Siglo (Aragua) y El Carabobeño (Carabobo) son de papel, por cierto de la peor calidad (papel periódico). Por motivos de seguridad y comodidad al público interesado, todo ese material debería de estar registrado en microfilmes. Los microfilmes ocupan muy poco espacio y varias copias pueden estar en edificios o ciudades diferentes, en resguardo de eventualidades.

Nuestra indiferencia histórica nos hace perder también cantidades gigantescas de tradición oral. Importante porque la historia tiene su fundamento a partir de lo que refieren los testigos presenciales de los hechos, desde el General que ganó o perdió batallas, hasta el abuelito que en su juventud participó como soldado y todavía recuerda mucho de esos eventos y efemérides.

Por ejemplo, J. A. De Armas Chitty en su libro (Historia del Estado Guárico. Ediciones de la Presidencia de la República, 1982) refiere (P. 56) “En plena adolescencia, en 1922, oímos decir a los ancianos Florencio Medina, Juan José Bastidas y otros, todos nativos de Santa María, que el pueblo se inició en el sitio de Santa María la Vieja, por la Corona, donde hubo una aguada mucho después de la década del 30. Hubo también hacia Dividive, por Banco de Ipire, otras fundaciones en el comienzo.” Santa María de Ipire es matriculado como pueblo en el año de 1768 ¿Qué puede ser más trascendental en la vida de una comunidad que el nacimiento de un nuevo pueblo? Se inicia con 22 casas y 43 vecinos (Matrícula del Pbro. José Felipe Mora, Archivo Arquidiocesano, 1768, referencia mencionada en el libro de Chitty).

La siguiente es una historia que me fue referida por primera vez por mi padre, Horacio Galindo (Médico y Cirujano, escritor, pintor, pianista, político −Vicepresidente del Congreso Nacional de Guatemala durante la Presidencia del Dr. Juan José Arévalo− y extraordinario cuentista) y que de una manera muy especial está vinculada a mi familia y a la espaciosa casa de mis abuelos (que es como yo la recuerdo por haber vivido allí hasta la edad de tres años) en el pueblito de Huehuetenango:

“Ramiro y Miguel Ángel, dos de los hijos de Don Eustaquio Herrera y su esposa Doña Juanita, fueron a estudiar medicina a Chile. Miguel Ángel tras graduarse se radicó permanentemente en ese país, pero Ramiro regresó en 1922, como médico bacteriólogo. De Chile trajo semillas de un árbol típico de allá, la jacaranda (o jacarandá, árbol bignoniáceo, de flores moradas en forma de campana). Pero como el patio de su casa no era lo suficientemente grande, Doña Juanita le regaló las semillas a mi abuela Ceferina quien las sembró en el patio de su casa. Allí crecieron dos jacarandas frondosísimas que a los dos años, ya se habían cubierto totalmente de flores.

“En 1927 mi tío Rafael y mi papá Horacio fueron a la capital de la república y le llevaron semillas de esos árboles a Don Ulises Rojas, conocido botánico guatemalteco, quien se dio a la tarea de sembrarlas en los parques y avenidas de la ciudad, particularmente la llamada Avenida del Hipódromo y la Avenida del Reformador. Con el tiempo las semillas fueron llevadas a otros sitios y en la actualidad, las jacarandas son ampliamente apreciadas y adornan muchas de las plazas y avenidas del país.

“Un detalle interesante de la jacaranda es que es un árbol muy difícil de pintar (mi papá era pintor aficionado y tenía muchos amigos pintores, en especial los maestros Don Carlos Rigalt y Don Humberto Garavito). El maestro Garavito, indudablemente el mejor pintor que ha tenido Guatemala (click aqui), era de la opinión que tal tarea era imposible”
(ver foto en http://www.mthelenavet.com.au/images/story/jacaranda.jpg, también en http://www.photographersdirect.com/stockimages/j/jacaranda_trees.asp, vistas de avenidas)

De muchacho recuerdo ir con otros amigos a jugar béisbol al llamado Hipódromo (no tenía nada de hípico). Cuando las jacarandas estaban floreando, nos gustaba succionar la deliciosa miel de las tubulares campanitas moradas regadas por todos lados. En esos días yo no conocía que esos luminosos árboles estaban tan estrechamente vinculados a mi familia. Ahora esa información me llena de tranquila satisfacción y orgullo.

Infinidad de pequeños bloques como esos también sirven para levantar el gran edificio de la patria.