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domingo, 7 de septiembre de 2008

Boletìn No. 14: Darwinismo Social y Tercermundismo en Latinoamèrica (IV)

En Venezuela, durante la época de la colonia, los indios que habían sobrevivido a las grandes matanzas, trabajaban como esclavos en las haciendas de los creoles. Esta actividad era compartida por esclavos negros provenientes de África y de la región caribeña. Censos eclesiásticos de la época revelan la enorme cantidad de personas que, viviendo bajo estas condiciones de esclavitud, trabajaban mancomunadamente en dichas haciendas.

En esos días, levantar el censo rural era la responsabilidad del cura de cada zona y caserío. En los sitios de su jurisdicción, este dedicado funcionario se desplazaba por el camino principal y entraba en cada casa que encontraba en ambos lados de la calle o camino. En estas, con la familia reunida, el eclesiástico anotaba el nombre y apellidos de cada uno de ellos, incluyendo bisabuelos, abuelos, tíos y otros parientes residiendo en la casa. Pero también anotaba, en dos columnas, el nombre de los esclavos: en una columna los esclavos indios y en la otra los esclavos negros (solo el nombre, pues no se les concedía apellido) tomando nota de los que todavía no habían sido bautizados (microfilmes de dichas actas, donado al archivo genealógico de la IJSUD por el Dr. Germán Fleitas Núñez, notable cronista e historiador venezolano). Estos venerables registros muestran que en cada casa/hacienda había entre 20 y 30 esclavos indios y otros tantos esclavos negros. Esto traería notables consecuencias en cuanto a la conformación poblacional futura.

Porque bajo esas condiciones, en la obscuridad de miserables ranchos o entre los arbustos, quebradas y camburales aledaños, consensualmente algunas veces, forzadamente las más, se propició la mezcla de estas dos razas y después, la de sus descendientes entre sí, evento que continuaría durante los siguientes doscientos años hasta nuestros días, para dar origen a lo que hoy constituye el 70% de nuestra población. Basta con observar el fenotipo de nuestros criollos para advertir en ellos, en variable proporción, la presencia de los característicos rasgos propios de ambas razas.

Sin ir muy lejos, el Presidente Chávez es un criollo clásico que muestra tanto características negroides (el cabello, los labios) como indígenas (ojos pequeños, cuello corto, extremidades también cortas con manos y piés pequeños, piel lampiña y marcada tendencia a engordar bajo la típica dieta occidental rica en carbohidrartos y grasas).

(Para evitar malos entendidos me extenderé un poco más para mencionar que una de mis abuelas era una indígena perteneciente a la tribu Quiché (restos de lo que fuera el notable imperio Maya y autores del libro Popol-Vuh, especie de biblia Maya) y uno de mis abuelos era una mezcla de Azteca con (probablemente) español a medias de segunda generación y de no muy notable alcurnia por cuanto se desempeñaba como peón de una finca en California, cuando esto era todavía territorio mexicano. Una antigua foto de mi padre muestra en él, los rasgos de la inconfundible armonía facial maya).

Por cierto que la capacidad innata al desarrollo de los antiguos talentos se manifiesta en los descendientes mayas actuales: Facilidad para actividades artísticas, en particular la música, la pintura y las manualidades; gran talento para las matemáticas. Tremenda resistencia fìsica especialmente para largas caminatas y trotes. Al menos esto en mi experiencia pero también es probable que estos individuos pudieran llegar a ser arquitectos excepcionales, grandes astrónomos, médicos de primera linea. Estas conclusiones se desprenden de mis años de primaria y secundaria (en Guatemala) en una escuela católica para varones, cuyo fundador y director era el Arzobispo de dicho país (Mons. Mariano Rossell y Arellano). Este prelado se preocupó de que 50% de los estudiantes fueran indígenas puros, escogidos por él mismo, los cuales eran, con el consentimiento previo de sus padres, becados por la parroquia. No solo se les proveía con todo lo que necesitaban para sus estudios sino que además disfrutaban de dormitorio, comida y uniformes. En otra entrega compartiré mis experiencias al lado de estos hermanos indígenas.

Habiendo desarrollado todo lo anterior (ùltimas cuatro entradas) estamos listos para abordar el meollo del asunto: ¿Qué originó nuestro tercermundismo? Y ¿Qué lo nutre y profundiza?

Boletìn No. 13: Darwinismo Social y Tercermundismo en Latinoamèrica (III)

Prácticamente todos los latinoamericanos descendemos, en mayor o menor grado, de las tribus aborígenes que habitaban el continente antes de la venida de Cristobal Colón (los llamados amerindios, aunque excluyendo a los aborígenes del extremo norte del continente) en combinación con elementos europeos, africanos y otros. Muchos son descendientes puros de estos pioneros americanos naturales, como la mayoría de los guatemaltecos, ecuatorianos, peruanos y bolivianos.

Es posible y quizás amerite hacerlo más adelante, describir la evolución de estos primeros habitantes y las fuerzas naturales y sociales que participaron en su desarrollo, divergencia cultural y separación continental hasta alcanzar esos asombrosos niveles del intelecto y voluntad que fueron los imperios Azteca, Maya e Inca. Desafortunadamente el germen de su autodestrucción estaba ya firmemente plantado en su estructura social.

Estos imperios fueron impresionante ejemplo del sedentarismo agrícola que hizo posible su enorme mobilidad cultural. Estudiar las causas que precipitaron su colapso (por cualesquiera mecanismo final, sea este biológico, físico o social) es de gran importancia por cuanto estas son parte crucial de los eventos que de manera cruenta moldearon nuestra personalidad. El “arribismo” como proceso responsable de la aparición de la cúspide decadente al tope de la pirámide social de estos imperios (Darwinismo Social) determinó la caída de los mismos.

Los indoamericanos de lo que hoy es Venezuela eran (y todavía son aunque su población haya sido casi totalmente diezmada) grupos nómadas que vivìan de la recolecciòn y caza. Estos nunca formaron parte ni se derivaron de algún imperio anterior y durante millones de años han sobrevivido sin utilizar la agricultura como recurso de supervivencia. Esto no se debió a falta de capacidad para encontrar ese camino sino a las circunstancias de su medio el cual es inapropiado para este tipo de actividad. Agriculturistas tropicales (como William C. Paddock, citado por Helen y Frank Schreider en Exploring the Amazon, p. 84) han demostrado que “de todas las tierras del mundo, el suelo de la selva lluviosa amazónica es el más pobre en nutrientes. Sus gigantescos árboles protegen el terreno del efecto deshidratante de los rayos del intenso sol tropical y previenen la erosión que las constantes lluvias de otro modo provocarían. Además el tupido follage de estos árboles surte y mantiene viable el composte de hojas con que se cubre y proteje su atenuada superficie”.

Por otro lado, estos pequeños grupos de indígenas (no más de 25 a 50 individuos en cada grupo), a pesar de su obligatoria inmobilidad cultural, están prodigiosamente adaptados a la vida nomàdica, único estilo de vida permisible en el Amazonas. Ni los más experimentados exploradores modernos se atreven a alejarse mucho de sus campamentos para no sufrir las fatales consecuencias en que inumerables aventureros foráneos han terminado, empezando por el español Francisco de Orellana quién en 1546, buscando El Dorado, fue la primera víctima no local de las selvas del Amazonas.