Durante los años de su niñez Horacio vivió enteramente en Huehuetenango. Pero en ese tiempo la educación formal del pueblo terminaba con la primaria. Los que deseaban estudiar secundaria (mi papá era uno de esos) tenían que viajar y residenciarse durante el año escolar en Quetzaltenango, una ciudad de mayor envergadura que Huehuetenango.
Este era un viaje de dos días en mula que forzosamente se hacía por estrechas y boscosas veredas atravesando parte de las famosas cumbres de los Cuchumatanes y de la Sierra Madre.
El viaje se hacía a fines de enero, saliendo de madrugada en medio de los fríos más intensos imaginables. Esa noche se pernoctaba más arriba, en el frígido pueblito de San Bartolo. Al día siguiente, tras otra larga caminata siempre en ascenso, se alcanzaba la cumbre de Olintepeque y desde allí, repentinamente, en pleno corazón de la Sierra Madre, a 2,300m snm, se divisaba el asombroso panorama de la ciudad de Quetzaltenango, la cual desde ese punto, tiene por fondo el tríptico de sus grandes volcanes: El Cerro Quemado, el Santa María y el Siete Orejas.
(http://www.spanishcourses.info/cities/quetzaltenango-guatemala-54-ES.htm)
De esos viajes, hechos dos veces al año (noviembre, viaje al hogar cuando empezaban las vacaciones y enero del siguiente año, cuando había que regresar a Quetzaltenango) es que salieron las mejores y más emocionantes narrativas que yo le haya escuchado a Horacio.
Coyotes, búhos, indios, neblina, ventiscas, brujos mam, lúgubres sonidos de espectrales marimbas nocturnas, ignotos senderos cuidadosamente tapizados de antiguas piedras serpenteando en medio de densos bosques de pinos y cipreses, cuevas y lagunas misteriosas, todos formando diferentes combinaciones de dinámicos personajes girando imaginativamente alrededor de una pequeña comitiva de cansados y preocupados viajeros tratando de negociar el grande y sagrado escenario de los Cuchumatanes, esas mágicas serranías que todo huehueteco lleva por siempre resguardadas en su corazón. Desafortunadamente Horacio nunca publicó esas historias, ni tan siquiera escribió nada sobre ellas. Lo cual no deja de ser muy curioso para mí.
A falta de una verdadera y enaltecedora historia nacional, una pléyade de distinguidos huehuetecos (médicos, abogados, políticos, artistas, periodistas) cuando niños absorbieron esas leyendas, narradas con autenticidad y convicción, a la orilla del fogón de las tortillas y pishtones, por sus padres, abuelos, o por ancianas indias, leyendas que parecian verdaderas y que se hicieron “historia” porque muchas veces en los referidos sucesos se involucraban famosos personajes de carne y hueso de la localidad, que aparecían como involuntarias y aterrorizadas víctimas de las jugarretas de los antisociales de ultratumba.
Lo siguiente le sucedió a mi tío abuelo, el Coronel Juan Castillo, de acuerdo a como lo narra Horacio en el ya mencionado libro ("El Piecito de la Virgen, Leyendas..):
“A mi tío el Coronel, fue otro fantasma el que se le apareció, mientras se hallaba precisamente en el ejercicio de las armas. Era por entonces Mayor de Plaza de la cabecera, y fiel cumplidor de sus obligaciones, había dado en la costumbre de capitanear la ronda que noche a noche y con los fusiles a la bartola, recorría las calles apacibles de la población.
“En el curso de una de tantas vigilancias, acertó a pasar por la calle real del cementerio, entrando así automáticamente aunque sin darse cuenta, en los dominios de otro de los Señores de la noche y el misterio.
“Allí estaba por cierto tamaña autoridad, sentada tranquilamente en el borde de la banqueta.
“Vaya usted sargento −ordenó mi tío− a averiguar que hace allí ese perro tan grande y tan negro, sentado en la acera con aire de vecino que tomase el freso.
“Pero ya el corpulento animal se acercaba a ellos moviendo la cola en señal amistosa, aunque para mantener el incógnito, lo hiciera con los ojos cerrados como puños. Confiadamente se dejó examinar por todos los individuos de la tropa.
“Es un perre de San Bernarde comuel de Doi Arísteres Sosa −opinó el cabo− Yo mas bien creye que es un ternere −replicó el sargento− un ternere grandoto u selle un torite algue pequeñe.
“¡A ver! −terció mi tío el Coronel− parece robusto; manso por añadidura, ¡veamos si puede conmigo!” Y montó con espada y todo, sobre los lomos de la presunta bestia.
“Al punto, esta echó a correr llevándolo encima, con igual soltura que si se tratase de una pluma.
“Y como tomó la calle de El Boquerón que siempre está mal alumbrada, tuvo que encender sus silbines delanteros (vulgo sealbeams) a fin de alumbrarse el camino.
“Mi tío a pesar de ser un militar valeroso, vio con espanto que la luz de aquellos fanales era roja. ¡Entonces −pensó− no era un perro sino me está llevando el Cadejo! El proceloso canídeo (o lo que haya sido), debió leer en su pensamiento, porque al punto se apresuró a decir: ¡Afirmativo mi Coronel! ¡Afirmativo!
“Y sin aminorar la marcha se puso al trote largo, con lo que mi tío creyó llegada su última hora. Ningún auxilio podía esperar de sus atónitos acompañantes, temerosos de disparar los retacos no fuesen a hacer blanco en el jinete, en vez de hacerlo en su montura. Más el Cadejo, se apresuró en este punto a tranquilizarlo: `Recién se me informa, mi Coronel, que usted no es católico sino evangelista, y contra ustedes no tenemos pleito alguno. Con que sírvase perdonar el susto, y que tenga usted muy buenas, tranquilas y felices noches`.
“Y sin más preámbulo se lo sacudió de encima dejándolo tirado semiinconsciente a la orilla del camino.
“Siendo un muchacho naturalmente curioso pero también imprudente, una noche en que caminábamos por una poco iluminada calle le pregunté al marcial hermano de mi madre: `¿Es cierto, tío Juan, que a usted lo espantó el cadejo?`
“¡Tonterías! −me respondió− ¡y dile a la señora que te contó esa patraña (mi madre por supuesto) que si sigue regando esas mentiras se las verá conmigo!
“Mas el hecho es que cuando esto decía, su voz se volvió casi un susurro y su tez normalmente obscura se había tornado blanca como la luna. Al mismo tiempo un evidente temblor espelucó su canoso y bien recortado bigote.”
Ir a: (http://www.escalofrio.com/n/Hombres_Lobo/El_Cadejo/El_Cadejo.php)
Para una “terrorífica” versión del cadejo (como jabalí), ir a (http://www.youtube.com/watch?v=Vl0mXPXOieA)
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martes, 17 de marzo de 2009
Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XV)
Al igual que Don Adrián Recinos, yo siempre digo que nací en ese pueblito Quiché-Mam llamado Huehuetenango (que en alguno de esos dos dialectos Maya significa “Pueblo de Viejos”) a pesar de que mi partida de nacimiento (y la de Don Adrián) digan otra cosa. Durante el tiempo en que yo viví allí, el pueblo era muy frío y neblinoso (quizás todavía lo sea) especialmente durante los dos o tres últimos meses del año y primeros del siguiente y la razón de ello es que está ubicado a 2000 metros SNM, en una planicie de la montaña de los Cuchumatanes (parte de la cadena montañosa llamada la Sierra Madre). Esta sierra de los Cuchumatanes tiene un área de 16,350 Km2 y a una altitud máxima de 3,828 metros snm siendo la sierra montañosa no volcánica más alta de Centro América y probablemente de México también.
Ninguna de las fotos en existencia de los Cuchumatanes (que en dialecto Mam significa “Lo que fue hecho por una fuerza superior”) se acerca en lo impresionante a otras montañas de Sudamérica, Europa o Asia, algunas de las cuales son evidentemente muy fotogénicas.
Ver: http://www.summitpost.org/area/range/403757/guatemala.html
Hay dos explicaciones para este fenómeno: La primera es la enorme amplitud de la serranía, lo que le permite ascender con declives poco abruptos hasta los casi 4,000 metros y la segunda es que la gran mayoría de fotos se toman desde los pueblos asentados en planicies ubicadas a medio camino de la montaña. Las fotos tomadas desde Huehuetenango, a 2,000 metros de altura, solo muestran en la distancia, los últimos 1,000 a 1500 metros finales de la serranía.
Una multitud de mágicas leyendas relacionadas con Huehuetenango y los Cuchumatanes han sido recopiladas en algunos de los ocho libros folklóricos publicados por mi papá (en especial: Horacio Galindo Castillo. El Piecito de la Virgen. Impresos Industriales, Guatemala C.A. 1975 −aclarando, como lo hace el autor, que la palabra piecito es de usanza local y probablemente esté reñida con lo recomendado por la Real Academia−), quien a principios del siglo pasado vivió y estudió en esa localidad. La totalidad de esas leyendas ya yo las había escuchado de labios del propio Horacio (la forma habitual como me acostumbré a llamarlo) y siendo que él era un cuentista de extraordinario talento, con frecuencia esas historias eran narradas en medio de una agradable tertulia de amigos y vecinos que se deleitaban, no solo con las historias en si, sino sobre todo por el gran estilo del cuentista.
Es bueno aclarar que jamás vi. a Horacio tomar bebidas alcohólicas (bajo ninguna circunstancia) y que durante esas reuniones lo que se servía era café o chocolate. Los amigos asistían para disfrutar al cuentista y sus consumados manierismos narrativos. En particular, las imitaciones que hacía de la especial dicción del lenguaje español de los indígenas (una segunda lengua para ellos) eran magistrales. Todos reíamos a carcajadas de estas divertidas actuaciones y de las situaciones presentadas. Es por eso que aun cuando yo más o menos conocía todas las historias (siempre les agregaba giros nuevos especiales de acuerdo a su inagotable inspiración), nunca me perdía las mencionadas reuniones.
Sin embargo al leer algunos de sus libros, donde Horacio narra estas mismas historias y duplica lo mejor que puede el estilo de hablar de los indígenas, sentí una gran desilusión. Las historias ya no me parecían divertidas. Las tramas eran por supuesto, las mismas, incluyendo los dialectos autóctonos, pero en ausencia de la voz y el estilo del cuentista, perdían toda su gracia y luminosidad. Era como tratar de degustar un sancocho sin sal, sin sazón, sin condimento... indudablemente insípido por el nostálgico recuerdo del artista por siempre ausente.
Independientemente de lo anterior, prácticamente todas estas historias se desenvuelven en algún lugar (pueblo, camino, cerro, laguna, bosque o quebrada) de los Cuchumatanes, en ese maravilloso sitio donde soplan los vientos más fríos y silbantes, donde las noches son las más obscuras y neblinosas, donde por las frecuentes ventiscas los pinos y cipreses crujen quejumbrosos, donde bajo la luz de la luna las grandes rocas parecen adquirir vida tomando la forma de duendes o de princesas mam.
Es también en esas serranías donde al Cadejo al Duende y a la Llorona les gusta aparecerse para sorprender a las comitivas de cansados viajeros pero en especial, es este uno de los hábitats predilectos de veloces coyotes nocturnos, viajando, sea en solitario o en pequeños grupos de tres o cuatro, corriendo, ladrando (el coyote ladra) aullando o quietos y erguidos, la pelambre encrespada por el viento, observando bajo la luz de la luna desde lo alto de alguna enorme piedra.
El coyote, el chacal y el lobo se derivan de un ancestro común, el Eucyon, un cánido de las planicies de Norteamérica que emigró al viejo mundo 3 ó 4 millones de años atrás. Lobos y coyotes cruzando el Ártico, regresaron hace 800,000 años a Norteamérica (Karen E. Lange. Wolf to Woof, the Evolution of Dogs. National Geographic, January 2002).
El coyote (Canis latrans) es un superviviente nato y uno de los depredadores más eficientes del planeta. A pesar de ser el blanco de escopetas, trampas y sebos envenenados su población está en auge y su área de distribución aumenta (América del Norte y Central). Allí donde los lobos han sido aniquilados, el coyote se ha erigido como superdepredador, con una dieta de serpientes, insectos, pequeños mamíferos, aves de corral, perros, frutos, basura doméstica y carroña (Mike y Peggy Briggs. Vida Salvaje. La Fauna en su Hábitat natural. Oarragon Books Ltd, p. 167).
Ninguna de las fotos en existencia de los Cuchumatanes (que en dialecto Mam significa “Lo que fue hecho por una fuerza superior”) se acerca en lo impresionante a otras montañas de Sudamérica, Europa o Asia, algunas de las cuales son evidentemente muy fotogénicas.
Ver: http://www.summitpost.org/area/range/403757/guatemala.html
Hay dos explicaciones para este fenómeno: La primera es la enorme amplitud de la serranía, lo que le permite ascender con declives poco abruptos hasta los casi 4,000 metros y la segunda es que la gran mayoría de fotos se toman desde los pueblos asentados en planicies ubicadas a medio camino de la montaña. Las fotos tomadas desde Huehuetenango, a 2,000 metros de altura, solo muestran en la distancia, los últimos 1,000 a 1500 metros finales de la serranía.
Una multitud de mágicas leyendas relacionadas con Huehuetenango y los Cuchumatanes han sido recopiladas en algunos de los ocho libros folklóricos publicados por mi papá (en especial: Horacio Galindo Castillo. El Piecito de la Virgen. Impresos Industriales, Guatemala C.A. 1975 −aclarando, como lo hace el autor, que la palabra piecito es de usanza local y probablemente esté reñida con lo recomendado por la Real Academia−), quien a principios del siglo pasado vivió y estudió en esa localidad. La totalidad de esas leyendas ya yo las había escuchado de labios del propio Horacio (la forma habitual como me acostumbré a llamarlo) y siendo que él era un cuentista de extraordinario talento, con frecuencia esas historias eran narradas en medio de una agradable tertulia de amigos y vecinos que se deleitaban, no solo con las historias en si, sino sobre todo por el gran estilo del cuentista.
Es bueno aclarar que jamás vi. a Horacio tomar bebidas alcohólicas (bajo ninguna circunstancia) y que durante esas reuniones lo que se servía era café o chocolate. Los amigos asistían para disfrutar al cuentista y sus consumados manierismos narrativos. En particular, las imitaciones que hacía de la especial dicción del lenguaje español de los indígenas (una segunda lengua para ellos) eran magistrales. Todos reíamos a carcajadas de estas divertidas actuaciones y de las situaciones presentadas. Es por eso que aun cuando yo más o menos conocía todas las historias (siempre les agregaba giros nuevos especiales de acuerdo a su inagotable inspiración), nunca me perdía las mencionadas reuniones.
Sin embargo al leer algunos de sus libros, donde Horacio narra estas mismas historias y duplica lo mejor que puede el estilo de hablar de los indígenas, sentí una gran desilusión. Las historias ya no me parecían divertidas. Las tramas eran por supuesto, las mismas, incluyendo los dialectos autóctonos, pero en ausencia de la voz y el estilo del cuentista, perdían toda su gracia y luminosidad. Era como tratar de degustar un sancocho sin sal, sin sazón, sin condimento... indudablemente insípido por el nostálgico recuerdo del artista por siempre ausente.
Independientemente de lo anterior, prácticamente todas estas historias se desenvuelven en algún lugar (pueblo, camino, cerro, laguna, bosque o quebrada) de los Cuchumatanes, en ese maravilloso sitio donde soplan los vientos más fríos y silbantes, donde las noches son las más obscuras y neblinosas, donde por las frecuentes ventiscas los pinos y cipreses crujen quejumbrosos, donde bajo la luz de la luna las grandes rocas parecen adquirir vida tomando la forma de duendes o de princesas mam.
Es también en esas serranías donde al Cadejo al Duende y a la Llorona les gusta aparecerse para sorprender a las comitivas de cansados viajeros pero en especial, es este uno de los hábitats predilectos de veloces coyotes nocturnos, viajando, sea en solitario o en pequeños grupos de tres o cuatro, corriendo, ladrando (el coyote ladra) aullando o quietos y erguidos, la pelambre encrespada por el viento, observando bajo la luz de la luna desde lo alto de alguna enorme piedra.
El coyote, el chacal y el lobo se derivan de un ancestro común, el Eucyon, un cánido de las planicies de Norteamérica que emigró al viejo mundo 3 ó 4 millones de años atrás. Lobos y coyotes cruzando el Ártico, regresaron hace 800,000 años a Norteamérica (Karen E. Lange. Wolf to Woof, the Evolution of Dogs. National Geographic, January 2002).
El coyote (Canis latrans) es un superviviente nato y uno de los depredadores más eficientes del planeta. A pesar de ser el blanco de escopetas, trampas y sebos envenenados su población está en auge y su área de distribución aumenta (América del Norte y Central). Allí donde los lobos han sido aniquilados, el coyote se ha erigido como superdepredador, con una dieta de serpientes, insectos, pequeños mamíferos, aves de corral, perros, frutos, basura doméstica y carroña (Mike y Peggy Briggs. Vida Salvaje. La Fauna en su Hábitat natural. Oarragon Books Ltd, p. 167).
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