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miércoles, 1 de abril de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XXI)

“Al día siguiente, 6 de diciembre de 1969, de madrugada, los invasores atacaron la población por todos los puntos cardinales, procediendo antes de que se intercambiara un disparo, a saquear y luego incendiar las casas, de la periferia al centro. Pero la suerte quiso que encontraran en varios de estos puntos, alambiques clandestinos para destilar aguardiente. La salvaje montonera, que había recibido autorización para saquear, violar y matar a como se les antojara, no vieron inconveniente en lanzarse a una masiva libación, tan generosa y bárbara a boca de garrafones, ollas y alambiques, que el grueso de las fuerzas vernáculas del primer asalto, se incapacitó para la lucha quedando sus elementos en tierra, con el filudo machete en las rodillas, o la escopeta inútil entre las desmayadas piernas. Una buena parte de estos murieron abrasados en el incendio que ellos mismos habían provocado”.

“El segundo y más numeroso contingente de insurrectos atacó ahora la plaza. Gómez Colange, su heroico defensor, solo contaba con 200 hombres, entre soldados y milicianos y 76 fusiles de chispa que cargaban por la boca y al máximo de su rendimiento podían hacer hasta un disparo cada tres minutos. Pero hábilmente atrincherados como estaban y con sus francotiradores en buena posición, los hombres del Corregidor Colange, durante 25 horas de fuego vivo rechazaron una y otras vez todos los asaltos de las huestes de Barrios y Cruz.

“En medio de lo más nutrido del fuego, el Padre Teherán, bajo amenaza de fusilamiento, tuvo que llegarse hasta donde se encontraba el cruel Serapio Cruz, quién lo obligó a que fuera a decirle al Señor Corregidor que se rindiera o terminarían de prenderle fuego al resto del pueblo y a la iglesia y a la imagen misma del Cristo. `En el acto me hinqué de rodillas −escribe el Padre Teherán en su informe final a las autoridades eclesiásticas− y le pedí con mil súplicas que no lo hiciera. Pero Cruz enseguida ordenó a unos indios de Nebaj y Aguacatán que estaban con las cargas de ocote en los hombros (el ocote es una madera muy resinosa que arde con gran facilidad), que fueran a prender a las iglesias y los indios viéndome a mí hincado a sus pies no lo obedecieron y tiró la espada y les pegó a los tres.

“Entonces me levanté −continua el sacerdote− y con bandera blanca salí y me tiraron de uno y otro bando, rasgando mi sotana y rozando mi oreja derecha quedando por ello un poco sordo. Hablé con el Corregidor y me contestó que no se rendía, volví a Cruz con la contestación de la plaza y le dije que si quería los cañones y las armas que se acercara a tomarlas y que el Señor Corregidor y toda la fuerza se los entregaría cuando muriera el último soldado, me habló muy mal y me amenazó otra vez con que me iba a fusilar y que volviera a hablarle al Corregidor y al retirarme una bala le mató el caballo y en la confusión escapé y volví a la iglesia que ocupaban sus fuerzas y saqué la plata y los libros parroquiales que pude tomar y salvar y a las 7 de la noche salí de la iglesia y por un milagro salve la vida pues los hombres de Cruz me tiraron tres tiros`”

Después el Padre Teherán incluye la siguiente reflexión en su reporte: “Observé en Serapio Cruz, en sus ojos fríos, en su siniestro semblante y en las palabras que me dijo, que una mano oculta le impulsa para matar, incendiar, quemar las iglesias y reducir a cenizas este pueblo y advertí que estaba tan fuera de sí, que se me representó como Atila −azote de Dios” (lo mismo hubiera podido decirse de José Tomás Boves, el Atila venezolano, muerto de un lanzazo en Urica, en el año de 1814)

domingo, 29 de marzo de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XX)

c) Consideremos finalmente, los problemas causados por la maldad de los hombres (consideraciones a y b dos boletines atràs):

Cuando el Padre Teherán todavía dirigía la construcción de este gran proyecto, un grupo de malhechores capitaneados por Justo Rufino Barrios y Serapio Cruz (alias “Tatalapo”), estacionados en el estado de Chiapas (que tiene frontera común con el Departamento de Huehuetenango) se dieron a la tarea de llevar a cabo incursiones armadas de saqueo y matanzas, sobre distintos puntos (caseríos y aldeas) del Departamento de Huehuetenango. Su meta era apoderarse de la zona y, con la ayuda de su “Excelencia Serenísima” Agustín I Emperador (autonombrado) de México, organizar un ejército con el cual derrocar militarmente al gobierno de Guatemala.

Sin embargo las tropas acantonadas en la guarnición de Huehuetenango, bajo el comando del Capitán Aquilino Gómez Calonge, Corregidor del Departamento, se las arreglaba para repeler todos los asaltos que los facciosos de Barrios y Cruz intentaban contra la aldea.

Pero era de esperarse que dada la frecuencia de los ataques y la audacia y extrema crueldad exhibida por los agresores, la región se encontrara para el año de 1869, en un estado de permanente intranquilidad y zozobra hasta el punto de que en ocasiones, cuando se sabía de la proximidad de los bandoleros en cuestión, la población buscaba refugio en las montañas y toda actividad cesaba en la aldea. El propio Padre Teherán fue asaltado en una oportunidad por los forajidos de Cruz, habiéndolo despojado de 500 pesos que tenía destinados para la compra de materiales de construcción.

Para el mes de noviembre de 1869, y quizás debido a las noticias y rumores procedentes de México sobre posibles movimientos de las fuerzas armadas de Barrios, la tensión y alarma se había incrementado significativamente en el pueblo. A pesar de ello, los trabajos de construcción del templo continuaban. El nerviosismo estaba justificado: el 5 de diciembre, los insurrectos, en número que se calculó sobrepasaba los mil individuos irrumpieron en el departamento. Algunas partidas numerosas de estos forajidos, cabalgando por las serranías cercanas y a la vista de todos, hacían grandes alardes de fuerza vociferando y haciendo tiros al aire.

Porque era el caso que esta vez, el traidor Barrios se había comprometido con el “Emperador” Agustín I de México a cumplir, de salir triunfante, varios ignominiosos convenios en detrimento del país, a cambio de recibir un número suficiente de fusiles, de los más efectivos que se conocía entonces, (Rémington 63, de retrocarga, capaz de hacer quince disparos en un minuto) y otros elementos con los que los sediciosos intentarían derrocar al Mariscal Cruz y adueñarse por la fuerza del solio presidencial.

Así equipados, estas montoneras se habían acantonado en un pueblito vecino (Chiantla) y desde allí, mediante mensajeros y bajo terribles amenazas, exigieron la rendición de la guarnición de Huehuetenango.

Pero el Corregidor del departamento, Capitán Gómez Calonge no se arredró. “A toque de clarín −escribe Horacio− convocó a todos los milicianos de los alrededores, cavó trincheras a uno y otro lado de la plaza y puso a sus mejores tiradores sobre las estructuras y andamios de la incipiente construcción, con órdenes de disparar desde allí, de preferencia, a los jefes que él con el resto de la guarnición se ocuparía de los seguidores”.

Horacio continúa: “Justo Rufino Barrios había cambiado. Ya no era el vagabundo que mi abuelo conoció en Chiapas, cuando andaba en alpargatas con una cachucha de obrero, jugando “la taba” entre un grupo de caleros (donde probablemente también estaba el mencionado abuelo) en el atrio de Santo Domingo. Porque de la noche a la mañana había aparecido jinete en un caballo de gran alzada y cocidas a las mangas de su chaquetilla charra y de largos flecos que siempre usaría mientras guerreaba (y con la que falleció años después cuando uno de sus soldados le diera un tiro por la espalda en Chalchuapa) cosidas, digo, sobre aquellas mangas de cuero pardo, las cuatro barras doradas del grado de General; rango que desde luego acababa de otorgarle la Academia Militar de su fantasía”.

viernes, 27 de marzo de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XIX)

Una vez decidido el proyecto en su mente y corazón, el Padre Teherán se lo presentó a la humilde feligresía, probablemente mediante un sermón dominical, que al día siguiente ya había rendido su primer fruto: un donativo anónimo de arena que apareció frente a la humilde iglesia. Después de esto los vecinos empezaron a transportar rocas, piedras de cal y a donar sus pequeños ahorros.

Pero lo más importante fue la masiva mano de obra voluntaria que se ofreció a trabajar, organizándose en turnos diarios rotativos para que los improvisados obreros no descuidaran sus labores agrícolas.

Esto último fue lo que hizo posible iniciar y terminar el proyecto, porque esas manos rudas y callosas, no eran unas manos cualesquiera, eran manos que traían el soberbio potencial heredado de antepasados que siglos antes habían levantado con exactitud arquitectónica, precisión astronómica y rigurosidad teológica los fastuosos templos de Zaculeu y Palenque.

Con estos expertos Maya y Mam, Brigham Young (mencionado en la entrega anterior) hubiera podido construir su templo en cuatro años o menos, en vez de los cuarenta y tantos que les tomó. Pero es que además, según el libro de Mormón, estos calificados trabajadores eran los descendientes de viejas tribus lamanitas y nefitas, lo que quizás explique porqué cuando esta catedral católica estuvo en gran peligro, fueron los mormones del pueblo los primeros en correr, instintivamente, en su auxilio.

La magnitud de la obra puede apreciarse viendo la estructura tal y como existe en la actualidad, su aspecto exterior (haga clic aquí) y después su imponente interior (Haga clic aquí).

El primer sitio Web incluye además una excelente colección de fotos de Huehuetenango, sus paisajes y un grupo de fotos de las famosas Ruinas de Zaculeu.

Desafortunadamente y cuando la labor andaba ya casi a medio camino, una serie de terribles eventos (siguiente entrada) asolaron al pueblito paralizando la construcción. Los responsables ultrajaron y humillaron de una manera brutal la frágil humanidad del Padre Teherán, dejándolo tan quebrantado, física y emocionalmente, que tuvo que ser llevado de vuelta a la ciudad Capital donde falleció sin haber podido dedicar este templo, como era su ferviente deseo, y sin siquiera haberlo visto terminado.

La labor de liderizar la reanudación de los trabajos, tan difícil o aun mayor que la emprendida por el anciano Padre Teherán, recayó ahora sobre el Padre Don Manuel Salvador Castañeda y Muñoz, oriundo del propio Huehuetenango. Más difícil quizás porque de él fue la decisión de ampliar los campanarios para acomodar hasta ocho campanas en total y también porque probablemente suya fue la idea de crear las naves procesionales y cubrir la nave principal con una bóveda de medio cañón en vez de poner un techo de mampostería como originalmente se había planificado. Aparejado a esto aparecieron los arcos romanos de ladrillo, cuya construcción tomó año y medio de minuciosa labor.

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XVIII)

La edificación de la catedral fue un acto de heroísmo, increíble audacia e inquebrantable fe por parte de la pequeña comunidad de la aldea que era entonces Huehuetenango. Fue un esfuerzo muy superior al realizado por los pioneros mormones (sin pretender minimizar la odisea de este excepcional grupo religioso) quienes en 1847 iniciaron la construcción de su propio templo el cual no verían terminado sino 46 años después. La ventaja que “teóricamente” tenía el Profeta Brigham Young, mientras liderizaba el desarrollo del territorio de Utah, era poder utilizar en la construcción de su templo a un equipo de técnico de primera, todos inmigrantes europeos (carpinteros, herreros, albañiles, vitralistas, talladores de canteras, ebanistas y otros).

En cambio, el anciano cura Don Juan Bautista de Teherán de Huehuetenango solo contaba con un puñado de humildes indios sembradores de maíz, cuidadores de gallinas y arreadores de cabras. Más adelante veremos que este santo varón no hubiera podido encontrar en ninguna parte de América un contingente de hombres y mujeres mejor capacitados para la tarea. Iguales sin duda, mejores no.

La construcción de la Catedral de Huehuetenango puede catalogarse como verdaderamente milagrosa, entendiéndose esto como un esfuerzo de tan excepcional magnitud impulsado por la fe, que en algún momento la mano divina tendría que intervenir en reconocimiento de esa demostración. O si se prefiere, como un tenaz esfuerzo realizado en condiciones y circunstancias tan imposibles que en teoría no podía tener éxito pero que al final, inexplicablemente, lo tuvo y por si solo.

a) Considerese en primer lugar, el problema de las severas limitaciones materiales de la localidad:

Hacia el año 1850 la ciudad de Huehuetenango era una pequeña y empobrecida aldea de 120 viviendas, todas de un solo piso, construidas de adobe y con techos de paja, alineadas frente a las calles y avenidas que se desprendían de las cuatro esquinas del rectángulo de la plaza central (plaza de armas). Esta plaza medía 50 varas españolas por lado (41.8 metros) y estaba rodeada de cuatro portales de un solo piso, provistos de pilares de madera y tejados de barro donde tenían residencia algunos modestos negocios, la guarnición local y la Municipalidad. En la mitad de la plaza había una pila con cuatro chorros que era el abastecimienjto de agua potable de la pequeña comunidad.

b) Sobre el fondo anterior, considerese ahora el problema del proyecto mismo, tal y cual fue conjeturado por su cura párroco:

La iglesia existente, lugar de reuniones de la feligresía, era una especie de bodegón sombrío con techo de paja. Evidentemente un sitial inapropiado para albergar los santos emblemas. El Padre Teheran, como párroco de la humilde comunidad, sintió que aquello tenía que cambiar.

Pero la visión de la estructura que forjó en su mente (considerando lo dicho sobre las pauperrimas y primitivas condiciones de su parroquia) más parecía la elucubración de una mente senil que un proyecto práctico realizable: Una imponente catedral con dos campanarios y respectivas campanas, una nave central cubierta por una bóveda de medio cañón, asentada sobre siete arcos romanos a ambos lados para absorber la presión de arriba abajo de la bóveda y a los lados de los arcos, dos naves laterales o procesionales cuyos techos no iban a estar simplemente apoyados sobre las paredes laterales sino articuladas a ellas a manera de disimulados contrafuertes, para disipar así la enorme presión de adentro afuera que la pesada bóveda habría de generar.

El presbiterio (sitio donde está el altar mayor) estaría bordeado a los lados por gruesas paredes curvas de granito, las cuales servirían para sostener el gran tambor de concreto (cimborrio) sobre el cual se asentaría la cúpula. Atrás del presbiterio, el coro, donde habría de instalarse un órgano de tubos.