viernes, 27 de marzo de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XIX)

Una vez decidido el proyecto en su mente y corazón, el Padre Teherán se lo presentó a la humilde feligresía, probablemente mediante un sermón dominical, que al día siguiente ya había rendido su primer fruto: un donativo anónimo de arena que apareció frente a la humilde iglesia. Después de esto los vecinos empezaron a transportar rocas, piedras de cal y a donar sus pequeños ahorros.

Pero lo más importante fue la masiva mano de obra voluntaria que se ofreció a trabajar, organizándose en turnos diarios rotativos para que los improvisados obreros no descuidaran sus labores agrícolas.

Esto último fue lo que hizo posible iniciar y terminar el proyecto, porque esas manos rudas y callosas, no eran unas manos cualesquiera, eran manos que traían el soberbio potencial heredado de antepasados que siglos antes habían levantado con exactitud arquitectónica, precisión astronómica y rigurosidad teológica los fastuosos templos de Zaculeu y Palenque.

Con estos expertos Maya y Mam, Brigham Young (mencionado en la entrega anterior) hubiera podido construir su templo en cuatro años o menos, en vez de los cuarenta y tantos que les tomó. Pero es que además, según el libro de Mormón, estos calificados trabajadores eran los descendientes de viejas tribus lamanitas y nefitas, lo que quizás explique porqué cuando esta catedral católica estuvo en gran peligro, fueron los mormones del pueblo los primeros en correr, instintivamente, en su auxilio.

La magnitud de la obra puede apreciarse viendo la estructura tal y como existe en la actualidad, su aspecto exterior (haga clic aquí) y después su imponente interior (Haga clic aquí).

El primer sitio Web incluye además una excelente colección de fotos de Huehuetenango, sus paisajes y un grupo de fotos de las famosas Ruinas de Zaculeu.

Desafortunadamente y cuando la labor andaba ya casi a medio camino, una serie de terribles eventos (siguiente entrada) asolaron al pueblito paralizando la construcción. Los responsables ultrajaron y humillaron de una manera brutal la frágil humanidad del Padre Teherán, dejándolo tan quebrantado, física y emocionalmente, que tuvo que ser llevado de vuelta a la ciudad Capital donde falleció sin haber podido dedicar este templo, como era su ferviente deseo, y sin siquiera haberlo visto terminado.

La labor de liderizar la reanudación de los trabajos, tan difícil o aun mayor que la emprendida por el anciano Padre Teherán, recayó ahora sobre el Padre Don Manuel Salvador Castañeda y Muñoz, oriundo del propio Huehuetenango. Más difícil quizás porque de él fue la decisión de ampliar los campanarios para acomodar hasta ocho campanas en total y también porque probablemente suya fue la idea de crear las naves procesionales y cubrir la nave principal con una bóveda de medio cañón en vez de poner un techo de mampostería como originalmente se había planificado. Aparejado a esto aparecieron los arcos romanos de ladrillo, cuya construcción tomó año y medio de minuciosa labor.

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