viernes, 27 de marzo de 2009

Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XVIII)

La edificación de la catedral fue un acto de heroísmo, increíble audacia e inquebrantable fe por parte de la pequeña comunidad de la aldea que era entonces Huehuetenango. Fue un esfuerzo muy superior al realizado por los pioneros mormones (sin pretender minimizar la odisea de este excepcional grupo religioso) quienes en 1847 iniciaron la construcción de su propio templo el cual no verían terminado sino 46 años después. La ventaja que “teóricamente” tenía el Profeta Brigham Young, mientras liderizaba el desarrollo del territorio de Utah, era poder utilizar en la construcción de su templo a un equipo de técnico de primera, todos inmigrantes europeos (carpinteros, herreros, albañiles, vitralistas, talladores de canteras, ebanistas y otros).

En cambio, el anciano cura Don Juan Bautista de Teherán de Huehuetenango solo contaba con un puñado de humildes indios sembradores de maíz, cuidadores de gallinas y arreadores de cabras. Más adelante veremos que este santo varón no hubiera podido encontrar en ninguna parte de América un contingente de hombres y mujeres mejor capacitados para la tarea. Iguales sin duda, mejores no.

La construcción de la Catedral de Huehuetenango puede catalogarse como verdaderamente milagrosa, entendiéndose esto como un esfuerzo de tan excepcional magnitud impulsado por la fe, que en algún momento la mano divina tendría que intervenir en reconocimiento de esa demostración. O si se prefiere, como un tenaz esfuerzo realizado en condiciones y circunstancias tan imposibles que en teoría no podía tener éxito pero que al final, inexplicablemente, lo tuvo y por si solo.

a) Considerese en primer lugar, el problema de las severas limitaciones materiales de la localidad:

Hacia el año 1850 la ciudad de Huehuetenango era una pequeña y empobrecida aldea de 120 viviendas, todas de un solo piso, construidas de adobe y con techos de paja, alineadas frente a las calles y avenidas que se desprendían de las cuatro esquinas del rectángulo de la plaza central (plaza de armas). Esta plaza medía 50 varas españolas por lado (41.8 metros) y estaba rodeada de cuatro portales de un solo piso, provistos de pilares de madera y tejados de barro donde tenían residencia algunos modestos negocios, la guarnición local y la Municipalidad. En la mitad de la plaza había una pila con cuatro chorros que era el abastecimienjto de agua potable de la pequeña comunidad.

b) Sobre el fondo anterior, considerese ahora el problema del proyecto mismo, tal y cual fue conjeturado por su cura párroco:

La iglesia existente, lugar de reuniones de la feligresía, era una especie de bodegón sombrío con techo de paja. Evidentemente un sitial inapropiado para albergar los santos emblemas. El Padre Teheran, como párroco de la humilde comunidad, sintió que aquello tenía que cambiar.

Pero la visión de la estructura que forjó en su mente (considerando lo dicho sobre las pauperrimas y primitivas condiciones de su parroquia) más parecía la elucubración de una mente senil que un proyecto práctico realizable: Una imponente catedral con dos campanarios y respectivas campanas, una nave central cubierta por una bóveda de medio cañón, asentada sobre siete arcos romanos a ambos lados para absorber la presión de arriba abajo de la bóveda y a los lados de los arcos, dos naves laterales o procesionales cuyos techos no iban a estar simplemente apoyados sobre las paredes laterales sino articuladas a ellas a manera de disimulados contrafuertes, para disipar así la enorme presión de adentro afuera que la pesada bóveda habría de generar.

El presbiterio (sitio donde está el altar mayor) estaría bordeado a los lados por gruesas paredes curvas de granito, las cuales servirían para sostener el gran tambor de concreto (cimborrio) sobre el cual se asentaría la cúpula. Atrás del presbiterio, el coro, donde habría de instalarse un órgano de tubos.

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