Al igual que Don Adrián Recinos, yo siempre digo que nací en ese pueblito Quiché-Mam llamado Huehuetenango (que en alguno de esos dos dialectos Maya significa “Pueblo de Viejos”) a pesar de que mi partida de nacimiento (y la de Don Adrián) digan otra cosa. Durante el tiempo en que yo viví allí, el pueblo era muy frío y neblinoso (quizás todavía lo sea) especialmente durante los dos o tres últimos meses del año y primeros del siguiente y la razón de ello es que está ubicado a 2000 metros SNM, en una planicie de la montaña de los Cuchumatanes (parte de la cadena montañosa llamada la Sierra Madre). Esta sierra de los Cuchumatanes tiene un área de 16,350 Km2 y a una altitud máxima de 3,828 metros snm siendo la sierra montañosa no volcánica más alta de Centro América y probablemente de México también.
Ninguna de las fotos en existencia de los Cuchumatanes (que en dialecto Mam significa “Lo que fue hecho por una fuerza superior”) se acerca en lo impresionante a otras montañas de Sudamérica, Europa o Asia, algunas de las cuales son evidentemente muy fotogénicas.
Ver: http://www.summitpost.org/area/range/403757/guatemala.html
Hay dos explicaciones para este fenómeno: La primera es la enorme amplitud de la serranía, lo que le permite ascender con declives poco abruptos hasta los casi 4,000 metros y la segunda es que la gran mayoría de fotos se toman desde los pueblos asentados en planicies ubicadas a medio camino de la montaña. Las fotos tomadas desde Huehuetenango, a 2,000 metros de altura, solo muestran en la distancia, los últimos 1,000 a 1500 metros finales de la serranía.
Una multitud de mágicas leyendas relacionadas con Huehuetenango y los Cuchumatanes han sido recopiladas en algunos de los ocho libros folklóricos publicados por mi papá (en especial: Horacio Galindo Castillo. El Piecito de la Virgen. Impresos Industriales, Guatemala C.A. 1975 −aclarando, como lo hace el autor, que la palabra piecito es de usanza local y probablemente esté reñida con lo recomendado por la Real Academia−), quien a principios del siglo pasado vivió y estudió en esa localidad. La totalidad de esas leyendas ya yo las había escuchado de labios del propio Horacio (la forma habitual como me acostumbré a llamarlo) y siendo que él era un cuentista de extraordinario talento, con frecuencia esas historias eran narradas en medio de una agradable tertulia de amigos y vecinos que se deleitaban, no solo con las historias en si, sino sobre todo por el gran estilo del cuentista.
Es bueno aclarar que jamás vi. a Horacio tomar bebidas alcohólicas (bajo ninguna circunstancia) y que durante esas reuniones lo que se servía era café o chocolate. Los amigos asistían para disfrutar al cuentista y sus consumados manierismos narrativos. En particular, las imitaciones que hacía de la especial dicción del lenguaje español de los indígenas (una segunda lengua para ellos) eran magistrales. Todos reíamos a carcajadas de estas divertidas actuaciones y de las situaciones presentadas. Es por eso que aun cuando yo más o menos conocía todas las historias (siempre les agregaba giros nuevos especiales de acuerdo a su inagotable inspiración), nunca me perdía las mencionadas reuniones.
Sin embargo al leer algunos de sus libros, donde Horacio narra estas mismas historias y duplica lo mejor que puede el estilo de hablar de los indígenas, sentí una gran desilusión. Las historias ya no me parecían divertidas. Las tramas eran por supuesto, las mismas, incluyendo los dialectos autóctonos, pero en ausencia de la voz y el estilo del cuentista, perdían toda su gracia y luminosidad. Era como tratar de degustar un sancocho sin sal, sin sazón, sin condimento... indudablemente insípido por el nostálgico recuerdo del artista por siempre ausente.
Independientemente de lo anterior, prácticamente todas estas historias se desenvuelven en algún lugar (pueblo, camino, cerro, laguna, bosque o quebrada) de los Cuchumatanes, en ese maravilloso sitio donde soplan los vientos más fríos y silbantes, donde las noches son las más obscuras y neblinosas, donde por las frecuentes ventiscas los pinos y cipreses crujen quejumbrosos, donde bajo la luz de la luna las grandes rocas parecen adquirir vida tomando la forma de duendes o de princesas mam.
Es también en esas serranías donde al Cadejo al Duende y a la Llorona les gusta aparecerse para sorprender a las comitivas de cansados viajeros pero en especial, es este uno de los hábitats predilectos de veloces coyotes nocturnos, viajando, sea en solitario o en pequeños grupos de tres o cuatro, corriendo, ladrando (el coyote ladra) aullando o quietos y erguidos, la pelambre encrespada por el viento, observando bajo la luz de la luna desde lo alto de alguna enorme piedra.
El coyote, el chacal y el lobo se derivan de un ancestro común, el Eucyon, un cánido de las planicies de Norteamérica que emigró al viejo mundo 3 ó 4 millones de años atrás. Lobos y coyotes cruzando el Ártico, regresaron hace 800,000 años a Norteamérica (Karen E. Lange. Wolf to Woof, the Evolution of Dogs. National Geographic, January 2002).
El coyote (Canis latrans) es un superviviente nato y uno de los depredadores más eficientes del planeta. A pesar de ser el blanco de escopetas, trampas y sebos envenenados su población está en auge y su área de distribución aumenta (América del Norte y Central). Allí donde los lobos han sido aniquilados, el coyote se ha erigido como superdepredador, con una dieta de serpientes, insectos, pequeños mamíferos, aves de corral, perros, frutos, basura doméstica y carroña (Mike y Peggy Briggs. Vida Salvaje. La Fauna en su Hábitat natural. Oarragon Books Ltd, p. 167).
martes, 17 de marzo de 2009
Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XV)
Etiquetas:
Adrian Recinos,
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