Simón Bolívar murió prematuramente (tenía apenas 43 años de edad), amargado y solitario, paradójicamente al cuidado de un grupo de nobles peninsulares, los mismos que en todo caso, hubieran podido sentir un profundo resentimiento por la gesta libertadora de Bolívar.
José de San Martín, también vilipendiado por los mismos que él había favorecido tan grandemente con sus gestas libertadoras, al igual que Bolívar, terminó en el exilio viviendo al cuidado de su hija en París, sitio donde murió “afortunadamente alejado de los anárquicos sucesos que él mismo había predicho y que siguieron a la independencia de Latinoamérica”.
Ambos líderes, incomprendidos y rechazados aun en nuestros días, sabían que la unión de nuestros pueblos era indispensable para la consolidación de la independencia. Uno de ellos pretendía la unión de Centroamérica, Colombia, Venezuela y Ecuador. El otro, con el apoyo necesario, veía a Argentina, Chile, Perú y (lo que hoy es) Bolivia como una sola entidad política.
El tema de la unión, escribe J. L. Salcedo Bastardo, es el gran vertebrador de toda obra doctrinaria del Libertador Bolívar. En el Manifiesto de Cartagena apunta: “Nuestra división, y no las armas españolas, nos tornó a la esclavitud”. Repite en la Carta de Jamaica: “Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Yo diré lo que puede ponernos en aptitud de expulsar a los españoles y de fundar un gobierno libre: es la unión ciertamente”. Ante el Congreso de Angostura, insiste reiterativo: “Unidad, Unidad, Unidad, debe ser nuestra divisa”.
En los Estados Unidos de Norteamérica (Winston Churchill, The Great Republic, a History of America, Random House, p. 129-130) cuando la nación todavía no había terminado de consolidarse (principios del siglo XIX) el tema de las tarifas federales impuestas a los estados y la regulación de la venta de terrenos de la nación por parte del gobierno central amenazaban con poner en peligro la Unión. Intereses regionales parecían estar en conflicto y eran el tema de las discusiones en el Senado Americano. Fue entonces que Daniel Webster, Senador de Massachusetts, desprendiendose de todo egoísmo sectario, produjo uno de los discursos más elocuentes en la historia de ese país, un discurso que impresionaría al mismo Presidente de los Estados Unidos (Andrew Jackson) de una manera tal que lo haría cambiar su abordaje autoritario al problema por uno más conciliatorio, abortando por el momento, la inminente crisis secesionista:
“Es a esta Unión” dijo Webster “que debemos nuestra seguridad en casa y la consideración y dignidad que recibimos del exterior… Esta Unión que hemos alcanzado por la disciplina de virtudes logradas en la escuela de la adversidad… Señores, no me he permitido mirar más allá de la Unión y ver lo que se encuentra agazapado en las obscuras cavidades y resquicios del otro lado. No he tratado de habituarme a la idea de caminar al borde del precipicio, e intentar adivinar lo que se oculta en el fondo del abismo. Mientras se mantenga la Unión, tendremos a nuestro alcance y del de nuestros descendientes, elevados y excitantes prospectos (de prosperidad, seguridad) desplegados frente a nosotros. No quiero penetrar el velo para ir más allá. Que Dios prevenga que en mis días esa cortina se levante! Que Dios me otorgue no ver lo que se encuentre del otro lado! Que cuando mis ojos se vuelvan por última vez para contemplar el sol en el firmamento, sus rayos no caigan sobre los deshonrosos y separados fragmentos de lo que habría sido la gloriosa Unión; que no muestre estados cercenados, discordantes y beligerantes pugnando sobre una tierra corroída por los feudos y bañada, según sea, en sangre fraternal!”
Webster nunca tuvo que contemplar semejante catástrofe. La Unión se mantendría y brillaría magistralmente hasta nuestros días.
Pero no iba a ser fácil. Con el profético instinto del hombre de la frontera, el Presidente Jackson dijo: “El siguiente pretexto (para la secesión) será la cuestión de los negros y la esclavitud”. Pero otro hombre de la frontera en Indiana, joven e idealista, también se había sentido profundamente conmovido por las palabras de Webster. Su nombre (escribe Churchill con emoción) era Abraham Lincoln.
Simón Bolivar, al contrario de Webster, enfermo y agonizando, rechazado por todos (aun por Manuela Sáenz) tuvo que ver cabalmente el colapso y degeneración de su monumental obra. Cuando sus ojos se abrieron para contemplar el firmamento por última vez, los rayos del sol ya caían sobre el apocalíptico panorama de una latinoamérica “cercenada, discordante y beligerante, pugnando sobre una tierra corroida por los feudos y bañada, según sea, en sangre fraternal”. Con esa horrible visión final muere el héroe de América.
Con la muerte de Simòn Bolìvar y el exilio de Josè de San Martìn, desaparecìan de la escena los dos ùnicos individuos capaces (por su visiòn, entrenamiento militar y genialidad legislativa) de rescatar a latinoamèrica del foso tercermundista en que ya empezaba a caer.
Con esto tambièn da comienzo la era de los caudillos latinoamericanos, la cual era perduraría hasta nuestros días.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Boletìn No. 16: La Desuniòn Latinoamericana y el Tercermundismo
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