Prácticamente todos los latinoamericanos descendemos, en mayor o menor grado, de las tribus aborígenes que habitaban el continente antes de la venida de Cristobal Colón (los llamados amerindios, aunque excluyendo a los aborígenes del extremo norte del continente) en combinación con elementos europeos, africanos y otros. Muchos son descendientes puros de estos pioneros americanos naturales, como la mayoría de los guatemaltecos, ecuatorianos, peruanos y bolivianos.
Es posible y quizás amerite hacerlo más adelante, describir la evolución de estos primeros habitantes y las fuerzas naturales y sociales que participaron en su desarrollo, divergencia cultural y separación continental hasta alcanzar esos asombrosos niveles del intelecto y voluntad que fueron los imperios Azteca, Maya e Inca. Desafortunadamente el germen de su autodestrucción estaba ya firmemente plantado en su estructura social.
Estos imperios fueron impresionante ejemplo del sedentarismo agrícola que hizo posible su enorme mobilidad cultural. Estudiar las causas que precipitaron su colapso (por cualesquiera mecanismo final, sea este biológico, físico o social) es de gran importancia por cuanto estas son parte crucial de los eventos que de manera cruenta moldearon nuestra personalidad. El “arribismo” como proceso responsable de la aparición de la cúspide decadente al tope de la pirámide social de estos imperios (Darwinismo Social) determinó la caída de los mismos.
Los indoamericanos de lo que hoy es Venezuela eran (y todavía son aunque su población haya sido casi totalmente diezmada) grupos nómadas que vivìan de la recolecciòn y caza. Estos nunca formaron parte ni se derivaron de algún imperio anterior y durante millones de años han sobrevivido sin utilizar la agricultura como recurso de supervivencia. Esto no se debió a falta de capacidad para encontrar ese camino sino a las circunstancias de su medio el cual es inapropiado para este tipo de actividad. Agriculturistas tropicales (como William C. Paddock, citado por Helen y Frank Schreider en Exploring the Amazon, p. 84) han demostrado que “de todas las tierras del mundo, el suelo de la selva lluviosa amazónica es el más pobre en nutrientes. Sus gigantescos árboles protegen el terreno del efecto deshidratante de los rayos del intenso sol tropical y previenen la erosión que las constantes lluvias de otro modo provocarían. Además el tupido follage de estos árboles surte y mantiene viable el composte de hojas con que se cubre y proteje su atenuada superficie”.
Por otro lado, estos pequeños grupos de indígenas (no más de 25 a 50 individuos en cada grupo), a pesar de su obligatoria inmobilidad cultural, están prodigiosamente adaptados a la vida nomàdica, único estilo de vida permisible en el Amazonas. Ni los más experimentados exploradores modernos se atreven a alejarse mucho de sus campamentos para no sufrir las fatales consecuencias en que inumerables aventureros foráneos han terminado, empezando por el español Francisco de Orellana quién en 1546, buscando El Dorado, fue la primera víctima no local de las selvas del Amazonas.
domingo, 7 de septiembre de 2008
Boletìn No. 13: Darwinismo Social y Tercermundismo en Latinoamèrica (III)
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