Veinte años después de la muerte del Libertador, la Gran Colombia hacía rato que había dejado de existir, su cuerpo desmembrado sin miramientos y los restos en posesión de la jauría. El destino que le espera a esos cinco pedazos de territorio, tras ganar su “otra independencia”, va ser horroroso, fratricida, caótico y la situación de los mestizos e indígenas que componen la mayoría de sus pueblos, iba a ser de miseria, sufrimiento y explotación. Este cuadro, incluyendo una política de exterminio y genocidio de las tribus indígenas, irá de mal en peor, día a día hasta la fecha.
El Sol de Junín, el más Grande Hombre jamás parido en nuestra América, el Libertador Simón Bolívar, tenía más de 20 años de haber muerto cuando, según lo describe Arturo Uslar Pietri, en medio de la noche helada del deslumbrante altiplano andino, en el Pueblo de Azángaro cerca del lago Titicaca, un distinguido viajero francés busca posada inútilmente entre las cerradas casas de la aldea. Finalmente se detienen a la puerta de un tenducho por donde asomaba la temblorosa luz de una vela. El arriero habló con el dueño que se divisaba detrás del mostrador. Era un viejo de cabeza blanca de más de ochenta años, fuerte contextura y cubierto de un sucio poncho amarillo. Invitó al francés a entrar.
Pasaron a la trastienda que “parecía servir a la vez de cocina, de laboratorio y de alcoba”. Una india acurrucada ante el fuego preparaba la cena. El recién llegado fue descubriendo en sucesivas sorpresas la personalidad de aquel extraordinario posadero, que poco a poco comenzaba a hablarle con toda naturalidad en francés.
Hablaron de historia, de arqueología, de ciencias naturales, mientras comían una magra cecina. Le cuenta las cosas más tristes y las más brillantes de su vida y algunas las adultera como con el inconsciente propósito de escaparse de la realidad.
“Cansado de vagar de una ciudad en otra, llegó al fin el día en que me establecí en Azángaro, donde comencé a fabricar velas de sebo: la que nos alumbra es obra mía… ya me queda poca vida, ¿De qué me serviría persistir en una quimera irrealizable, rodeándome de cuidados?”.
Pero tampoco se queda allí —continua narrando Uslar Pietri— No quiere detenerse ni para morir. En 1854, este viejo tendero, cuyo nombre era Simón Rodríguez, el maestro, amigo y compañero de viaje de Simón Bolívar, cierra los ojos en el pueblo de San Nicolás de Amotape.
Lo más de su obra queda inédito. Había hecho todo lo posible por publicarla. Temía “dejar de un día para otro un baúl lleno de documentos e ideas para pasto de algún gacetero”. Aquel baúl, (lleno de historia), después de rodar como su dueño, vino a parar a Guayaquil. Allí se estuvieron haciendo gestiones ante el Gobierno ecuatoriano para lograr la publicación de los manuscritos, hasta que en 1896 (¡cuarenta y dos años después de la muerte de Simón Rodríguez!), el incendio trágico que destruyó la ciudad los redujo a pavesas (Arturo Uslar Pietri, Letras y Hombres de Venezuela. Monte Ávila, Caracas, 1993, p. 81)
Con esto la llama de la patria se apagaba para siempre. Porque bien pudiera ser que todavía ande por aquí y por allá, ¿pero donde?
De esta manera, la amenaza de Rodriguez de guardar silencio parece haberse hecho realidad ese fatidico año de 1896: Rodrìguez en 1837 le escribe a un amigo "Ya Usted sabe: yo, ni insto, ni apelo ni emprendo justificarme; con paciencia lo compongo todo y mi venganza es el silencio..." (Josè Gil Fortul, Historia Constitucional de Venezuela, 3a Edicion revisada, Editorial "Las Novedades", MCMXLII, p. 292).
En el Siglo XVI, el gran poeta español Don Luis de Góngora y Argote escribió el siguiente soneto, el cual como no tiene nombre yo titulo “Patria”:
De pura honestidad templo sagrado,
Cuyo bello cimiento y gentil muro
De blanco nácar y alabastro duro
Fue por divina mano fabricado;
Pequeña puerta de coral preciado,
Claras lumbreras de mirar seguro,
Que a la esmeralda fina el verde puro
Habéis para viriles usurpado;
Soberbio techo, cuyas cimbrias de oro
Al claro Sol, en cuanto en torno gira,
Ornan de luz, coronan de belleza;
Ídolo bello, a quien humilde adoro,
Oye piadoso al que por ti suspira,
Tus himnos canta, y tus virtudes reza.
(Luis de Góngora, Poesías Selectas. Rodesia, España, 2001, p. 9)
viernes, 6 de febrero de 2009
Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (VIII)
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