La patria reside en la mente y corazón de los ciudadanos y, parafraseando a Ricardo Güiraldés (Don Segundo Sombra), es llevada por estos “sacramente, como la custodia a la hostia”.
La patria es el resultado de un esfuerzo continuo, definitivamente placentero, efectuado simultáneamente en dos direcciones, siendo este un proceso de aprendizaje que se retroalimenta asimismo de manera positiva por las experiencias vividas primero, en la percepción del entorno y en la gradual comprensión de las leyes que rigen sus mecanismos y manifestaciones. Este es el país físico, el cual se irá extendiendo por todo el continente, globo terrestre y universo, porque no hay una frontera geográfica que nos permita saber donde termina nuestro país y donde comienza otro: un río, el lomo de un cerro, pueden ser usados a manera de mojones limítrofes pero solo en una forma convencional y teórica. Se adivinan en los documentos pero no en el terreno. El segundo componente es consecuencia del desarrollo del lenguaje, el cual se inicia y ejercita mediante el conociendo en narrativa, del devenir y la memoria y cuenta de nuestros padres, abuelos y familiares. Gradualmente el niño, después el joven y más tarde el adulto conocerá leyendas y cuentos de personajes míticos pero también relatos del resto de sus conciudadanos. Mediante la lectura de libros serios y el concurso de otros mecanismos de estudio, conocerá los anales del país y hasta del mundo. Este es el país histórico. Esta historia local y nacional necesariamente nos ha de transportar más allá de nuestras fronteras porque todo está interconectado y todos ejercen un efecto en nosotros y nosotros en ellos. Esto hace que la historia sea una narrativa sumamente interesante y entretenida. Màs detalles en: http://rectorgalindoutm.blogspot.com/2008/12/boletn-especial-el-libertador-simn.html.
Simón Bolívar lo expresó con característica elocuencia y claridad ese 20 de Enero de 1830:
“Por lo demás hallaréis también consejos importantes que seguir en la naturaleza misma de nuestro país, que comprende las regiones elevadas de los Andes y las abrasadas riberas del Orinoco: examinadle en toda su extensión, y aprenderéis en él, de la infalible maestra de los hombres, lo que ha de dictar el congreso para la felicidad de los colombianos. Mucho os dirá nuestra historia y mucho nuestras necesidades: pero todavía serán más persuasivos los gritos de nuestros dolores por la falta de reposo y libertad.
Leemos en lo anterior, el pensamiento bolivariano de la patria, la tierra majestuosa y su historia, como los dos componentes del gran molde creador de ciudadanos. Pero el presente era entonces, como ahora, más conminatorio, porque como Bolívar dice al final de este corto discurso:
“¡Conciudadanos! Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás”.
Adviértase que dice que el bien que hemos adquirido es “la independencia”, no “la libertad” porque entonces al igual que ahora, somos legalmente independientes pero no somos libres. Aquí no me refiero a la libertad de prensa o la libertad de opinar o disentir. Me refiero a la libertad que confiere el bienestar y la prosperidad individual y colectiva y sin las cuales las demás no tienen sentido (“…serán más persuasivos los gritos de nuestros dolores” —dijo el Libertador—“por la falta de reposo y libertad”). Independientes, si, pero felices y libres, no.
En este discurso político final, el breve Mensaje al Congreso Constituyente de la República de Colombia, el 20 de Enero de 1830, el extenuado héroe emite un patético lamento:
“Demasiado ha sufrido la patria con estos sacudimientos, que siempre recordaremos con dolor; y si algo puede mitigar mi aflicción, es el consuelo que tengo de que ninguna parte se me puede atribuir en su origen”
¿Cómo podría la patria sufrir si esta fuese tan solo un concepto esotérico e inmaterial? Sufre porque la patria existe, viva y palpitante en la mente y en el corazón de los ciudadanos. Como tal, Simón Bolívar era el ciudadano por excelencia y su sufrimiento, al contemplar el derrumbe de la Gran Colombia, debió haber sido intenso. Era el inicio de su propio Getsemaní.
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