En el primer boletín especial sobre El Libertador Simón Bolívar y la Patria, indiqué que tenía algo importante que agregar en beneficio del cuidado que debemos a su legado histórico. No lo hice en el segundo boletín especial ni en los siguientes (III y IV) ni en este (V) porque ha medida que el tema se desenvolvía, aspectos adicionales continuaban y continúan surgiendo en mi mente los cuales no podía dejar de compartir.
Durante su heroica gesta el Libertador fue impulsado por un gran ideal el cual persistió en él hasta el último momento de su campaña libertadora. Aun en su lecho de muerte este ideal aparece prominente en su Proclama del Libertador a los colombianos del 10 de Diciembre de 1830. Este ideal le permitió enfrentar y vencer gigantescos obstáculos y complejos retos logísticos (el cruce de los Andes, por ejemplo, es señalado por los expertos como el episodio más extraordinario y magnífico en la historia de las guerras) llevados a cabo bajo las difíciles y adversas condiciones, físicas y humanas, que prevalecían en el momento: Ese ideal era la patria grande (La Gran Colombia).
Sin embargo, el 20 de Enero de 1830, de manera odiosamente prematura, el grandioso periplo histórico del Libertador llegaba a su término: Rodeado por última vez de la pompa y fanfarria correspondiente al cargo de Presidente, Simón Bolívar dio su discurso político final, el breve Mensaje al Congreso Constituyente de la República de Colombia. El Libertador ya estaba mortalmente dañado por lo que en ese entonces era una incurable enfermedad. Al mismo tiempo comprendía con toda claridad que su labor había sido salvajemente detenida y que el caudillaje, agazapado en los obscuros recesos del poder usurpado, solo esperaba su desaparición para terminar de destrozar su gran obra y repartirse los despojos.
Nadie podrá ser capaz de discernir lo que pasaba por la mente del Libertador en esos momentos. Además tratar de hacerlo sería una imperdonable audacia. Pero al imaginar al Libertador en la silla presidencial presenciando los actos protocolarios de la instalación del Congreso, no encuentro manera de conciliarme con la idea de la pérdida de esos 20 años de intensa y total consagración a la patria. ¿A dónde fueron a parar los sacrificios, las interminables marchas, los campos enrojecidos con la sangre de miles y miles de muertos, los combates ganados, los reglamentos, las constituciones, los gobiernos erigidos, la adulación de los pueblos liberados? ¿A dónde fue a parar la unión, qué fue de la Gran Colombia?
La Gran Colombia… ¡que extraordinario proyecto! Sus fronteras naturales hubieran sido las costas de los dos océanos y su extensión territorial, de 4,738,500 Km2 habría sido exactamente la mitad de la superficie territorial actual de Los Estados Unidos de América! (9,363,500 Km2). Estaríamos en presencia de una poderosa nación pletórica de todo tipo de riquezas: Marítimas, fluviales, lacustres, del subsuelo, agrícolas, ganaderas y turísticas (desde la imponente cordillera de los Andes hasta la legendaria Gran Sabana), arqueológicas (los monumentos del Imperio Inca, los “extraterrestres” dibujos de Nazca, las viejas ciudades de la floreciente colonia del Virreinato del Perú) contentiva de una exótica y variada fauna y densamente cubierta en muchos sitios por una exuberante vegetación incluyendo una gran parte de la agreste selva de la Amazonía, considerada como la mayor reserva ecológica del planeta.
Pero no iba a ser posible: La acelerada parcelación del hemisferio (que la generación de la independencia recibió unido de España −Virreinato de Nueva Granada y Capitanía General de Venezuela− ) resultado de la ambiciosa y primitiva mentalidad de los caudillos vernaculares que fueron Páez, Santander, Flores, Gamarra y Santa Cruz, cada uno reclamando “su patriecita”, dio al traste con el continentalismo de Bolívar a favor de un nacionalismo criollo que pronto retornaría a los viejos privilegios, a la opresión de los pueblos y a un feudalismo aun más cruento que el colonial que España nos había legado (Indalecio Liévano Aguirre, Bolívar. Caracas 1988, pp. 511, 537).
Es a partir de ese momento que se inicia el largo Getsemaní del Libertador. En menos de diez meses el Sol de Junín arribaría a su ocaso. Un sacrificio no expiatorio porque de este crimen (el asesinato de la Patria Grande, la obliteración de nuestro futuro y la crucifixión de Simón) no hay arrepentidos.
domingo, 1 de febrero de 2009
Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (V)
Etiquetas:
caudillos traidores,
ideal bolivariano,
la Gran Colombia
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