El resto de los personajes de la independencia y post independencia, fueron caudillos de la peor o mejor calaña, ignorantes, violentos e inescrupulosos en su afán de poder y totalmente desinteresados en el bienestar de la miserable y empobrecida población indígena. Así entonces, las “guerras” contra el coloniaje español que iniciara Hidalgo, habrían de ser una cadena de levantamientos, saqueos, fusilados, pactos, cuartelazos y asonadas, ataques, avances y retiradas que mantuvieron a la nación en vilo, sin que durante todo ese tiempo Sinceramente que el famoso valor macho supuestamente demostrado por los charros encaramados sobre un muro bailando al son de La Cucaracha, bajo fuego cerrado enemigo, resultó mas bien ser una entelequia del cine mexicano de la década de los cincuenta.
La verdad es que en 1835, los norteamericanos, comandados por el general Zachary Taylor a plomazo limpio corrieron y capturaron al famoso General Antonio López de Santa Anna (entonces presidente de México) cuando este amenazaba Texas (que solicitaba su autonomía). Creyendo que sería fusilado en vista de las atrocidades cometidas por el ejército mexicano en territorio tejano (fusilando prisioneros, asolando los campos e incendiando poblaciones) Santa Anna a cambio de su libertad accedió a no interferir con los deseos de Texas reconociendo su independencia.
En 1838 los franceses desembarcaron tropas en Veracruz exigiendo que México indemnizara a un panadero francés por pérdidas sufridas durante uno de los cuartelazos. Santa Anna salió al frente del ejército mexicano para repeler el ataque pero en el enfrentamiento (la llamada Guerra de los Pasteles) no solo salió derrotado sino que perdió la pierna izquierda. México capituló y pagó una indemnización de 600.000 pesos.
Ahora México decide que va a recuperar Texas (por la fuerza) y por razones incomprensibles, de nuevo ponen al General Santa Anna al frente de sus tropas. El ejército norteamericano, numéricamente inferior (Taylor con 4,700 soldados novatos contra 15,000 soldados de Santa Anna) a plomazo limpio detiene a Santa Anna (La batalla de Buena Vista) y el General Zachary Taylor captura una considerable extensión de terreno. Como consecuencia, el Presidente Herrera de México es depuesto (1847) tras la Revolución de Guadalajara y su líder, Gómez Farías se hace con la presidencia. Pero Santa Anna le da cuartelazo y se instala como nuevo presidente. Los norteamericanos al mando del General Winfield Scott para provocar invaden y toman Veracruz. Santa Anna, que parece no escarmentar, sale a su encuentro a la cabeza de un ejército, cuidando que este sea mucho más numeroso. Esto lo impulsa a jurar que empujará a los norteamericanos hasta la misma capital de la Unión (Washington D.C.) en donde, en los términos que él escoja, obligará al Presidente Polk a firmar un nuevo tratado de paz.
Desafortunadamente las cosas no se dan de esa manera. El General Santa Anna es derrotado otra vez y obligado a replegarse precipitadamente hasta el punto que el 14 de septiembre de 1847 las tropas norteamericanas entran y capturan la ciudad de México. Santa Anna huye al exilio. El nuevo gobierno mexicano, el de Paredes Arrillaga, que mediante golpe de estado se había apoderado del gobierno (y se proclamaba Rey de México) se ve ahora obligado a firmar la rendición.
Pero Su Majestad Arrillaga también tuvo que firmar un tratado mediante el cual México cedía a los Estados Unidos de Norteamérica un poco más de la mitad de su territorio (¡dos millones de Km2!). De esta masiva extensión de terreno, además del estado de Texas, habrían de surgir los estados de California, Nevada, Utah, Arizona, New Mexico y parte de Colorado. Por su parte los Estados Unidos de Norteamérica le pagarían a México 15 millones de dólares en compensación y magnánimamente se olvidarían de un reclamo por daños y perjuicios de 3.5 millones de dólares que habían hecho los residentes de Texas (Stella González, Carmen Blázquez, Historia de México. Panorama Editorial 1980, pp.74-109)
A todas estas y mientras los comisionados de ambos países terminaban de ultimar los detalles finales del texto del tratado de cesión, un humilde trabajador norteamericano, abriendo un canal de agua para un molino en el sitio llamado American Fork, en California, encontraba entre las rocas y arenas, un curioso guijarro amarillo. El objeto fue llevado a Monterrey, que a más de 100 Km de distancia era la ciudad más cercana. Todos discutían sobre si era oro o talvez algún otro mineral, hasta que un caballero poniendo la piedra sobre el mango de su bastón, que era de oro, retó a los presentes a encontrar alguna diferencia entre ambos. Era el año de 1848 y la fiebre del oro de California, que movilizaría a cientos de miles a través del continente y de la inmensidad de los océanos estaba a punto de comenzar (Walter Colton, The Gold Fever Reaches Monterey, en Commager & Nevins, Witness to America. Barnes & Noble, 1996, p. 555).
Entre toda esa cantidad de aventureros, forajidos y pioneros se encontraba Don Mariano Galindo, su esposa Micaela Flores de Galindo y por lo menos dos hijas, Soledad y Rita. Probablemente habían llegado navegando desde el Perú. Don Mariano era médico y es razonable deducir que de esa manera había levantado su fortuna, dada la gran demanda existente. Se hizo dueño de una hacienda y todo parecía marchar de maravillas hasta que Soledad fue preñada por uno de los peones del lugar. Ambos o ella sola huyó a México (San Caralampio, Chiapas) donde nació su hijo Reynaldo Galindo. Allí la encuentra Rafael Meza y de esa relación nace Rafael Galindo (mi abuelo paterno). Meza por supuesto se desaparece del cuadro familiar y el jóven Rafael tras laborar intensamente como peón en la finca de un señor español, asciende a capataz de los peones logrando reunir suficiente dinero (era abstemio) como para viajar a Huehuetenango (Guatemala) donde su hermano Reynaldo estaba teniendo algún éxito comerciando con telas y adminículos de campo que traía de Chiapas. Rafael conoce y se casa con Ceferina, una extraordinaria mujer india del pueblo y juntos procrean seis vástagos (3 hembras y 3 varones) uno de los cuales, Horacio Galindo, fue mi padre.
jueves, 23 de octubre de 2008
Boletin No.19: La Era de los Caudillos y el Tercermundismo (III)
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario