jueves, 23 de octubre de 2008

Boletin No.19: La Era de los Caudillos y el Tercermundismo (III)

El resto de los personajes de la independencia y post independencia, fueron caudillos de la peor o mejor calaña, ignorantes, violentos e inescrupulosos en su afán de poder y totalmente desinteresados en el bienestar de la miserable y empobrecida población indígena. Así entonces, las “guerras” contra el coloniaje español que iniciara Hidalgo, habrían de ser una cadena de levantamientos, saqueos, fusilados, pactos, cuartelazos y asonadas, ataques, avances y retiradas que mantuvieron a la nación en vilo, sin que durante todo ese tiempo Sinceramente que el famoso valor macho supuestamente demostrado por los charros encaramados sobre un muro bailando al son de La Cucaracha, bajo fuego cerrado enemigo, resultó mas bien ser una entelequia del cine mexicano de la década de los cincuenta.

La verdad es que en 1835, los norteamericanos, comandados por el general Zachary Taylor a plomazo limpio corrieron y capturaron al famoso General Antonio López de Santa Anna (entonces presidente de México) cuando este amenazaba Texas (que solicitaba su autonomía). Creyendo que sería fusilado en vista de las atrocidades cometidas por el ejército mexicano en territorio tejano (fusilando prisioneros, asolando los campos e incendiando poblaciones) Santa Anna a cambio de su libertad accedió a no interferir con los deseos de Texas reconociendo su independencia.

En 1838 los franceses desembarcaron tropas en Veracruz exigiendo que México indemnizara a un panadero francés por pérdidas sufridas durante uno de los cuartelazos. Santa Anna salió al frente del ejército mexicano para repeler el ataque pero en el enfrentamiento (la llamada Guerra de los Pasteles) no solo salió derrotado sino que perdió la pierna izquierda. México capituló y pagó una indemnización de 600.000 pesos.

Ahora México decide que va a recuperar Texas (por la fuerza) y por razones incomprensibles, de nuevo ponen al General Santa Anna al frente de sus tropas. El ejército norteamericano, numéricamente inferior (Taylor con 4,700 soldados novatos contra 15,000 soldados de Santa Anna) a plomazo limpio detiene a Santa Anna (La batalla de Buena Vista) y el General Zachary Taylor captura una considerable extensión de terreno. Como consecuencia, el Presidente Herrera de México es depuesto (1847) tras la Revolución de Guadalajara y su líder, Gómez Farías se hace con la presidencia. Pero Santa Anna le da cuartelazo y se instala como nuevo presidente. Los norteamericanos al mando del General Winfield Scott para provocar invaden y toman Veracruz. Santa Anna, que parece no escarmentar, sale a su encuentro a la cabeza de un ejército, cuidando que este sea mucho más numeroso. Esto lo impulsa a jurar que empujará a los norteamericanos hasta la misma capital de la Unión (Washington D.C.) en donde, en los términos que él escoja, obligará al Presidente Polk a firmar un nuevo tratado de paz.

Desafortunadamente las cosas no se dan de esa manera. El General Santa Anna es derrotado otra vez y obligado a replegarse precipitadamente hasta el punto que el 14 de septiembre de 1847 las tropas norteamericanas entran y capturan la ciudad de México. Santa Anna huye al exilio. El nuevo gobierno mexicano, el de Paredes Arrillaga, que mediante golpe de estado se había apoderado del gobierno (y se proclamaba Rey de México) se ve ahora obligado a firmar la rendición.

Pero Su Majestad Arrillaga también tuvo que firmar un tratado mediante el cual México cedía a los Estados Unidos de Norteamérica un poco más de la mitad de su territorio (¡dos millones de Km2!). De esta masiva extensión de terreno, además del estado de Texas, habrían de surgir los estados de California, Nevada, Utah, Arizona, New Mexico y parte de Colorado. Por su parte los Estados Unidos de Norteamérica le pagarían a México 15 millones de dólares en compensación y magnánimamente se olvidarían de un reclamo por daños y perjuicios de 3.5 millones de dólares que habían hecho los residentes de Texas (Stella González, Carmen Blázquez, Historia de México. Panorama Editorial 1980, pp.74-109)

A todas estas y mientras los comisionados de ambos países terminaban de ultimar los detalles finales del texto del tratado de cesión, un humilde trabajador norteamericano, abriendo un canal de agua para un molino en el sitio llamado American Fork, en California, encontraba entre las rocas y arenas, un curioso guijarro amarillo. El objeto fue llevado a Monterrey, que a más de 100 Km de distancia era la ciudad más cercana. Todos discutían sobre si era oro o talvez algún otro mineral, hasta que un caballero poniendo la piedra sobre el mango de su bastón, que era de oro, retó a los presentes a encontrar alguna diferencia entre ambos. Era el año de 1848 y la fiebre del oro de California, que movilizaría a cientos de miles a través del continente y de la inmensidad de los océanos estaba a punto de comenzar (Walter Colton, The Gold Fever Reaches Monterey, en Commager & Nevins, Witness to America. Barnes & Noble, 1996, p. 555).

Entre toda esa cantidad de aventureros, forajidos y pioneros se encontraba Don Mariano Galindo, su esposa Micaela Flores de Galindo y por lo menos dos hijas, Soledad y Rita. Probablemente habían llegado navegando desde el Perú. Don Mariano era médico y es razonable deducir que de esa manera había levantado su fortuna, dada la gran demanda existente. Se hizo dueño de una hacienda y todo parecía marchar de maravillas hasta que Soledad fue preñada por uno de los peones del lugar. Ambos o ella sola huyó a México (San Caralampio, Chiapas) donde nació su hijo Reynaldo Galindo. Allí la encuentra Rafael Meza y de esa relación nace Rafael Galindo (mi abuelo paterno). Meza por supuesto se desaparece del cuadro familiar y el jóven Rafael tras laborar intensamente como peón en la finca de un señor español, asciende a capataz de los peones logrando reunir suficiente dinero (era abstemio) como para viajar a Huehuetenango (Guatemala) donde su hermano Reynaldo estaba teniendo algún éxito comerciando con telas y adminículos de campo que traía de Chiapas. Rafael conoce y se casa con Ceferina, una extraordinaria mujer india del pueblo y juntos procrean seis vástagos (3 hembras y 3 varones) uno de los cuales, Horacio Galindo, fue mi padre.

Boletin No.18: La Era de los Caudillos y el Tercermundismo (II)

Los caudillos son la célula fundamental, el elemento más depurado y precioso del Darwinismo Social. Los caudillos de la era independentista y de nuestros tiempos, no estaban ni están allí para redimir a los oprimidos ni para rescatar a los pobres. Su único propósito era (es) hacerse del poder y de cualquier recurso disponible para su beneficio y provecho personal. Los gauchos, la indiada, los negros, los criollos y mestizos, los charros, los zambos, y pardos, en fin, los pobres y desposeídos del continente eran tomados en cuenta solo para ser usados como carne de cañón y para formar harapientos y mal nutridos grupos de combate que más que ejércitos eran jaurías humanas hambrientas lanzadas al pillaje y destrucción de cualquier comarca por donde se movilizaban. En esos tiempos esa era la situación, desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego.

Hemos analizado algunos aspectos de lo que ocurría en América del Sur. En el Norte, la independencia de México también transcurrió bajo el control de un enorme contingente de caudillos. Sin embargo México es el país que más caro ha pagado como consecuencia directa de las acciones de estos.

De todo el enorme grupo de actores de la independencia mexicana, solo tres personajes tuvieron algún tipo de agenda de reivindicación social para las masas indígenas. Uno de ellos fue el cura Miguel Hidalgo nacido en Guanajuato (1753), el que se alzó en Dolores donde el 16 de septiembre de 1810 declaró la independencia de México (que entonces era parte principalísima del Virreinato de Nueva España). Además decretó la entrega de tierras cultivables a los indios y la abolición de la esclavitud. Desafortunadamente no pudo impedir que sus empobrecidas y salvajes tropas saquearan todo cuanto encontraban a su paso. Aun así lograron llegar y sitiar la misma capital del virreinato. Inexplicablemente Hidalgo dio marcha atrás y habiendo sido traicionado por uno de sus compañeros (Ignacio Elizondo) fue capturado y fusilado (1811).

José María Morelos, sacerdote como Hidalgo y compañero de este, continuó la lucha de manera brillante. Comprendió la necesidad de sustituir las chusmas indisciplinadas de Hidalgo, por ejércitos poco numerosos pero ordenados y sobre todo, convenientemente armados. Su ejército no pasó de 6000 hombres pero con él, realizó las campañas más notables del movimiento emancipador. En el Acta de la Independencia (1813) quedaron plasmadas sus ideas: Separación de España y de cualquier otro gobierno o monarquía, soberanía popular, separación de poderes, igualdad ante la ley, respeto a la propiedad, abolición de la tortura, abolición de castas y de la esclavitud. Con ello Morelos se reveló como genio militar y reformador político y social.

Morelos fue derrotado por las tropas españolas en Tehuacán y fusilado por orden de Agustín de Iturbide, en ese entonces jefe realista a las órdenes del virrey de la Nueva España. La muerte de Morelos inicia la etapa de decadencia del movimiento insurgente.

El otro personaje fue Benito Juárez, abogado ilustre y hombre íntegro e impecablemente honesto (cualidad excepcional y rara en los medios políticos y económicos en general) creador de leyes para la igualdad jurídica de los indios, el derecho a la tierra, la libertad de cultos y la separación del estado de la entonce poderosa Iglesia Católica. Fue presidente de México y líder de la llamada segunda independencia (esta vez de Francia). Fue reelecto presidente por segunda vez y hubiera sido derrocado y fusilado (como era la costumbre) por el General Porfirio Díaz si no hubiera sido que tuvo la suerte de morir de un infarto cardíaco antes de la llegada del caudillo. Porfirio Díaz se había alzado al grito de “no reelección” que asumió como lema, pero naturalmente al conquistar el poder, se olvidó del principio reeligiéndose siete veces. Su estadía en el poder se extendió a lo largo de 35 años (el Porfiriato, 1876-1911).

Boletin No. 17: La Era de los Caudillos y el Tercermundismo (I)

El proceso emancipador tuvo como obvia consecuencia la ruptura de la unidad administrativa de los virreinatos. Desafortunadamente la unidad geopolítica propuesta por Bolívar y San Martín, indispensable para mantener la estabilidad y fuerza del continente, tampoco iba a ser posible debido al incontenible surgimiento de innumerables caudillos. Esta plaga de individuos, audaces, ambiciosos, inescrupulosos e ignorantes, surgidos inclusive de los mismos hombres de confianza del Libertador (Santander, Páez, Rivadavia, Flores, Bermúdez, Mariño, Córdoba, La Mar, Labatut, Castillo, Piar, Agüero y otros) solo tenían una tarea: Controlar, dominar y explotar para su beneficio, alguno de los muchos territorios ahora disponibles, incluyendo sus aldeas, ciudades y recursos. La fragmentación del continente en multitud de estados y “nuevos países”, improvisados, pobrísimos y vulnerables, pero terriblemente hostiles los unos para con los otros, fue un espectáculo histórico asombroso por lo absurdo y descabellado. Solo el Virreinato de Brasil escaparía milagrosamente a esta catástrofe.

Al tiempo de la reunión de Guayaquil entre Simón Bolívar y José de San Martín, el Virreinato del Río de la Plata había desaparecido y en su lugar la Junta de Gobierno había decretado Las Provincias Unidas del Río de la Plata. El cambio, fue inducido por la invasión Napoleónica a España y el exilio del Rey Fernando VII, al que la regencia de las provincias declaraba lealtad. A partir de ese momento la violencia, la división y el caos reinarían en la región a todo lo largo del siglo diecinueve y gran parte del siglo veinte.

San Martín después de la infructuosa reunión de Guayaquil, resignadamente aceptó la irreversibilidad de la situación del Río de la Plata y sin dudarlo partió al exilio a Francia para al final terminar acogiéndose al noble socorro prestado por españoles (el banquero Aguado) mientras las provincias del antiguo Virreinato se separaban en pequeños estados soberanos encabezados por caudillos apoyados por las montoneras.

Para comprender el aparente o real estado de ánimo derrotista del indudablemente valeroso San Martín, hay que tener una idea de lo que eran las montoneras y para esto nadie mejor calificado que el mismo Charles Darwin quien tuvo la oportunidad de observarlas: “La visión de contemplar el vivac fue salvaje; soldados negros y mestizos de siniestra catadura, envueltos en ponchos rojos, iban y venían; pelotones de indios, hombres y mujeres, pasaban cabalgando semidesnudos o agrupados bebían sangre fresca de las reses recién carneadas, entre suciedad y cuajarones… Las montoneras eran una bárbara caterva de milicias irregulares que seguían fanáticos a sus caudillos, empujados por un odio tan delirante al gobierno de la capital (Buenos Aires) y sus ejércitos regulares que, dice el General Paz, sofocó hasta el noble entusiasmo por la independencia hasta el punto de que ya nadie se acordaba de los ejércitos españoles que amagaban por diferentes puntos.” (Liévano Aguirre, Bolívar, Caracas 1988, p. 289).

Comparado con estos, los Círculos Bolivarianos parecen más bien bebecitos de pecho.

Los caudillos y sus costosas guerras mantendrán la separación de las provincias hasta bien entrado el siglo XIX y al final, hasta perderán territorio dando lugar a la formación de Uruguay y Paraguay. En tiempos modernos ocurre un período intermedio de prosperidad basado en el desarrollo de la industria ganadera y cultivos de trigo (era de Carlos Gardel). Pero el peronismo se encargará de acabar con todo esto y pronto le caerán otros desastres al sufrido pueblo argentino: la era del terror Videla-Galtieri, la desastrosa guerra de las Malvinas, inflación astronómica (3000%), vuelta al peronismo, dos quiebras económicas, el “corralito”, cinco presidentes de la república en el lapso de dos semanas (año 2002) y, por increíble que parezca, vuelta de nuevo al peronismo con Kirchner bajo cuya gestión ocurriría en Argentina una tercera quiebra económica, la mayor en la historia del FMI (que tuvo que salir al rescate con otro préstamo de 21 billones de dólares por encima de los 40 billones de US$ prestados en el año 2000).