“Al día siguiente, 6 de diciembre de 1969, de madrugada, los invasores atacaron la población por todos los puntos cardinales, procediendo antes de que se intercambiara un disparo, a saquear y luego incendiar las casas, de la periferia al centro. Pero la suerte quiso que encontraran en varios de estos puntos, alambiques clandestinos para destilar aguardiente. La salvaje montonera, que había recibido autorización para saquear, violar y matar a como se les antojara, no vieron inconveniente en lanzarse a una masiva libación, tan generosa y bárbara a boca de garrafones, ollas y alambiques, que el grueso de las fuerzas vernáculas del primer asalto, se incapacitó para la lucha quedando sus elementos en tierra, con el filudo machete en las rodillas, o la escopeta inútil entre las desmayadas piernas. Una buena parte de estos murieron abrasados en el incendio que ellos mismos habían provocado”.
“El segundo y más numeroso contingente de insurrectos atacó ahora la plaza. Gómez Colange, su heroico defensor, solo contaba con 200 hombres, entre soldados y milicianos y 76 fusiles de chispa que cargaban por la boca y al máximo de su rendimiento podían hacer hasta un disparo cada tres minutos. Pero hábilmente atrincherados como estaban y con sus francotiradores en buena posición, los hombres del Corregidor Colange, durante 25 horas de fuego vivo rechazaron una y otras vez todos los asaltos de las huestes de Barrios y Cruz.
“En medio de lo más nutrido del fuego, el Padre Teherán, bajo amenaza de fusilamiento, tuvo que llegarse hasta donde se encontraba el cruel Serapio Cruz, quién lo obligó a que fuera a decirle al Señor Corregidor que se rindiera o terminarían de prenderle fuego al resto del pueblo y a la iglesia y a la imagen misma del Cristo. `En el acto me hinqué de rodillas −escribe el Padre Teherán en su informe final a las autoridades eclesiásticas− y le pedí con mil súplicas que no lo hiciera. Pero Cruz enseguida ordenó a unos indios de Nebaj y Aguacatán que estaban con las cargas de ocote en los hombros (el ocote es una madera muy resinosa que arde con gran facilidad), que fueran a prender a las iglesias y los indios viéndome a mí hincado a sus pies no lo obedecieron y tiró la espada y les pegó a los tres.
“Entonces me levanté −continua el sacerdote− y con bandera blanca salí y me tiraron de uno y otro bando, rasgando mi sotana y rozando mi oreja derecha quedando por ello un poco sordo. Hablé con el Corregidor y me contestó que no se rendía, volví a Cruz con la contestación de la plaza y le dije que si quería los cañones y las armas que se acercara a tomarlas y que el Señor Corregidor y toda la fuerza se los entregaría cuando muriera el último soldado, me habló muy mal y me amenazó otra vez con que me iba a fusilar y que volviera a hablarle al Corregidor y al retirarme una bala le mató el caballo y en la confusión escapé y volví a la iglesia que ocupaban sus fuerzas y saqué la plata y los libros parroquiales que pude tomar y salvar y a las 7 de la noche salí de la iglesia y por un milagro salve la vida pues los hombres de Cruz me tiraron tres tiros`”
Después el Padre Teherán incluye la siguiente reflexión en su reporte: “Observé en Serapio Cruz, en sus ojos fríos, en su siniestro semblante y en las palabras que me dijo, que una mano oculta le impulsa para matar, incendiar, quemar las iglesias y reducir a cenizas este pueblo y advertí que estaba tan fuera de sí, que se me representó como Atila −azote de Dios” (lo mismo hubiera podido decirse de José Tomás Boves, el Atila venezolano, muerto de un lanzazo en Urica, en el año de 1814)
miércoles, 1 de abril de 2009
Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XXI)
Etiquetas:
Aquilino Gomez Colange,
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