Mientras tanto la balacera continuaba. Arriba, entre los andamios de la construcción, uno de los defensores, el humilde cazador de venados Justo Pérez (y por ello hombre de muy buena puntería), observó detrás de la línea de fuego un bulto que agazapado encima de una pared quemada hacía disparos regulares con un palo largo que parecía uno de esos ‘remitos’ “que bía dicho mi teñente”. Afirmaba que por habérsele acabado las postas, antes de hacer el tiro largo había cargado su “camoya” con la llave de su candado. El disparo fue certero y el bulto se desplomó al suelo. La estrategia de los francotiradores del Capitán Colange acababa de rendir su mejor fruto.
Porque el caído no era un bulto cualquiera sino que se trataba del caudillo mismo de los facciosos, el “General” Justo Rufino Barrios.
Con esto cundió el pánico y la derrota para los atacantes. Al toque de campanas de la iglesia que usaban como improvisado cuartel, desordenadamente se llevaron a Chiantla las armas y los heridos que pudieron, incluyendo tres coroneles y al propio General Barrios, este último amarrado con mecate, pial y mecapal sobre la espalda del indio Mingo de Aguacatán.
Varios de sus jefes de alta graduación fueron muertos, incluyendo Ramón Cruz, hijo predilecto de Serapio Cruz, que fue sepultado en Chiantla (excomulgado por la quema de la iglesia del Calvario, la Virgen del Rosario y muchas imágenes de santos). Al descontar a los muertos (más de 200) y a los desertores, el grupo guerrillero que buscó refugio en Chiantla, no pasaba de 300 individuos (según informe del Corregidor).
Sin embargo, atrás dejaban al pueblo de Huehuetenango en ruinas, dos tercios de sus casas totalmente quemadas (90 viviendas), 200 muertos y las cruentas heridas emocionales causadas por las violaciones y la orfandad contemplada, los hijos asesinados, los gritos de los quemados y de los heridos. La pérdida de los escasos bienes de sus habitantes “había reducidos a la mendicidad a la casi totalidad de sobrevivientes” como reza el parte del Corregidor, el valeroso Capitán Aquilino Gómez Calonge.
Con acierto este Capitán afirma también en su informe que no puede señalar a ninguno de sus subalternos o soldados en particular como distinguido por su valor y disposición en el combate “porque todos ellos con igualdad pelearon como héroes sin que desmayara un solo instante su intrepidez habiéndose hecho todos acreedores a la gracia del Supremo Gobierno”.
“En aquel ambiente de ruina, terror y desdicha en que quedó sumido el pueblo −continúa Horacio− hasta los más optimistas pensaron que la obra del Padre Teherán quedaría abandonada, permaneciendo quien sabe por cuantos años, erizada de largueros y parales que la intemperie y el tiempo irían desmenuzando poco a poco”.
Estaba ya por concluir lo que para la población había sido el infausto año de 1869.
Afortunadamente no pasarían muchos meses antes que la situación cambiara dramáticamente: Los tiempos (por no decir la era) del Padre Don Manuel Salvador Castañeda y Muñoz estaban a punto de comenzar. Pero esa inspiradora historia la transcribiré (del libro de Horacio “La Catedral…”), muy a mi pesar, en otra oportunidad.
sábado, 4 de abril de 2009
Boletín Especial: El Libertador Simón Bolívar y la Patria (XXII)
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